La prohibición de contar con los dedos complicaría la vida de la mayoría de nuestros niños de primaria. Nueve de cada diez niños(as) de tercer grado no saben restar, y siete de cada diez, no saben sumar, cantidades mayores de diez. Esta triste realidad fue revelada por un estudio financiado por la cooperación japonesa. Exactamente 88.9 por ciento de los niños de tercero no pudo restar 14-6, y 69 por ciento no pudo sumar 8+7. Esto significa también que existe una gran brecha entre el aprendizaje de nuestros alumnos y lo que prescriben los planes de estudio, conforme a los cuales en tercer grado deberían poder sumar y restar cifras de tres dígitos. La brecha también existe en área de lectoescritura, aunque es menos extrema. Según estándares internacionales, un estudiante de segundo grado debe poder leer 60 palabras por minuto y uno de tercero 90. En Nicaragua, en cambio, los resultados detectados fueron 46.5 y 82.7, respectivamente.
Enfrentamos pues un problema de calidad, que ha estado bastante oculto porque carecemos de mediciones sistemáticas de los aprendizajes y porque no se publica lo que se conoce. El fijarnos solo en cifras de matrículas y cobertura contribuye a crear un mapa engañoso de nuestra realidad. Pues al comparar la escolaridad promedio de Nicaragua (6.5 grados), con cifras internacionales, se asume el logro del aprendizaje típico de esos niveles, cuando demasiados niños de cuarto y quinto grado tienen la educación que corresponde a un segundo o tercer grado internacional.
Una educación tan deficiente, como la que surge de los sondeos, no mejora la productividad ni contribuye a sacar al pobre de su miseria. Podría decirse que se convierte más bien en una especie de remedo, que encubre la violación al derecho básico a la educación. Como bien lo ha señalado Josefina Vigil, el derecho a la educación no se satisface sentando a un niño en el aula, sino enseñándole.
El problema de nuestra falta de calidad es, en gran parte, un problema de recursos. Con maestros mal pagados, niños desnutridos y textos escasos, para citar algunas carencias, es difícil alcanzar la calidad mínima requerida. El origen de este déficit tiene dos explicaciones. La primera es que no priorizamos la educación. Si el mejor indicador de prioridades son los porcentajes del PIB que los países dedican a distintos sectores, Nicaragua solo invierte el 3.7 por ciento de su PIB en educación primaria y media, proporción inferior a la de algunos países vecinos y muy por debajo del 7 por ciento que recomiendan las Naciones Unidas. La segunda causa es el presupuesto escuálido y deficitario que conlleva nuestro bajo ingreso nacional. El hecho de que ninguna de las administraciones recientes —Chamorro, Alemán, Bolaños y Ortega— haya podido incrementar notoriamente el PIB destinado al sector pareciera abonar esta explicación, aunque con reservas: Costa Rica tiene un ingreso per cápita 4.17 veces mayor que Nicaragua; US$$11,122 versus 2,664, pero gasta 8.6 veces más por estudiante de primaria; US$$1,500 versus 173. Lo más probable es que tanto la falta de prioridad como la escasez de recursos se combinan para frenar la inversión educativa.
Hacerle frente a estos factores requerirá el concurso del Gobierno, empresa privada y sociedad civil. Todos deben empeñarse a fondo en negociar los recursos que permitan ofrecer a nuestra niñez pobre una calidad de educación que les permita mejorar su futuro. También deberán acordar formas de invertirlos equitativas y eficientes. Aumentar salarios docentes sin vincularlos al desempeño, no mejorará la calidad. Estas y otras decisiones difíciles podrán tomarse si decidimos que educar bien a nuestra niñez es una prioridad que no puede esperar más.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación.
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