El reglamento de “acompañamiento” electoral dado a conocer recientemente por el Consejo Supremo Electoral (CSE ) ha merecido el rechazo unánime del pueblo y de las organizaciones civiles nacionales que tradicionalmente han observado los procesos electorales, quizás porque la invitación del CSE pareciera decir “acompáñenos a no observar”.
El mismo significado del término “acompañamiento” es reñido con el de observación electoral, porque acompañar es un término pasivo, donde uno va donde lo lleven o le indiquen ir, para certificar que todo está bien, a como idealmente quisiera don Roberto Rivas.
En cambio, el término observar es activo, reflexivo y denota una acción o accionar independiente. Los informes de los observadores deben de ser públicos y no filtrados previamente por el CSE a como pretende el reglamento, que también invita a los observadores a que pidan autorización (consenso) al CSE sobre las rutas y lugares que van a visitar.
En este proceso electoral, Nicaragua necesita observadores de verdad, no observadores “mantequilla” o “compadre hablado” como pretende el CSE con su descarado “reglamento de acompañamiento electoral”. Esta necesidad de una observación independiente, ágil y con credibilidad nacional e internacional, es mayor a la luz del fraude electoral cometido por este mismo CSE en las elecciones municipales del 2008, donde con el mayor descaro y desfachatez se robaron más de 40 alcaldías.
La sucesión democrática que ha habido en Nicaragua desde 1990, elogiada por el mismo presidente Ortega en su última cadena de radio y televisión, no hubiera sido posible si no hubiera existido una observación, amplia, independiente, con credibilidad, tanto nacional como internacional.
Si desde 1990 hubiera estado vigente el nuevo “reglamento” para no ver ni observar nada, sino para “acompañar” a don Roberto en su conteo de votos, dando a conocer solamente las juntas que le favorecían a su partido de preferencia, jamás hubiéramos tenido ni la sucesión alterna en el poder ni tampoco la paz que nuestro país ha gozado durante estos últimos 21 años.
Muy probablemente ya nos hubiera atrapado el círculo vicioso de la guerra, que trágicamente enluta nuestra historia patria desde los tiempos de la Independencia.
Ese respiro de paz, que fue posible cuando en 1990 un evento trastocó el círculo vicioso de la guerra, fueron las elecciones libres e incuestionables, donde fue electa doña Violeta Barrios de Chamorro.
Ese evento tuvo lugar gracias a que contábamos con un CSE presidido por don Mariano Fiallos Oyanguren, quien a pesar de tener simpatías por el FSLN, se portó con una ecuanimidad digna de encomio y una observación electoral sumamente variada, encabezada por el Centro Carter.
¿Se hubiera ajustado el expresidente Carter al reglamento de “acompañamiento” electoral de don Roberto, quien para comenzar no debería estar presidiendo el CSE porque ya se le venció su período? No creo que Carter hubiera venido a Nicaragua si lo hubieran invitado únicamente a acompañar, no para observar y mucho menos lo hubiera hecho, exponiendo su prestigio, bajo el “reglamento de acompañamiento” con que el CSE pretende ceñir la observación electoral. El autor es diputado.
En este proceso electoral, Nicaragua necesita observadores de verdad, no observadores “mantequilla” o “compadre hablado” como pretende el CSE con su descarado “reglamento de acompañamiento electoral”.
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