El Evangelio de hoy es una invitación a los discípulos de Jesús a mirar la cruz y el camino es todo ese proceso que Jesús vivió hacia Jerusalén. Jesús, después de la confesión de Pedro sobre quien era Él, hace el primer anuncio de su pasión, muerte y resurrección. ¿Qué pretende Jesús con este anuncio? Desvanecer cualquier duda sobre el mesianismo de Jesús. Las consecuencias del mesianismo de Jesús es el sufrimiento, el morir y esto está de acuerdo con el plan de Dios.
Hoy Jesús nos pone las condiciones del discipulado y el núcleo de este es el seguimiento, que tiene como meta y finalidad la Vida Eterna. Ser discípulo de Jesús conlleva una implicación de escucha y una toma decisiva de coger la cruz y seguir al Maestro. Vemos a un Pedro muy humano que se contrapone al Pedro elogiado el domingo pasado, un Pedro que reconoce al Mesías fruto del Padre y no de la carne (Mt. 16, 17). Pedro se presenta hoy con una autoridad que no le viene de Dios, por eso cree tener la capacidad y autoridad de ubicarse en el lugar de Jesús, o sea, de Maestro. Pedro piensa tener la autoridad de mandar a su Maestro. Por un instante se le olvida a Pedro cual es su papel en la comunidad de los discípulos, cual es su lugar, a mi parecer el elogio se le subió a la cabeza y no fue capaz de entender el anuncio de la pasión. Pedro no quiere que su Mesías experimente la muerte y el sufrimiento, ya que esto era visto como un castigo ante una culpa cometida.
No nos perdamos los detalles que hay en este diálogo. Pedro aparece como un obstáculo a los planes de Dios, por eso Jesús lo reprende, volviéndose hacia él. Volverse significa que Jesús a pesar de la postura de Pedro siguió adelante, la intervención de Pedro no aparta a Jesús de su camino, de hacer la voluntad del Padre. Pedro se convierte en escándalo para Jesús.
Queridos hermanos, el Señor nos invita que a pesar de los obstáculos que encontramos en la vida discipular, de los escándalos que podemos encontrar, unas veces realizados por los laicos, otras por nosotros los pastores, el discípulo está llamado a no perder su norte, a no perder de vista cual es su meta; para qué nos llamó el Señor. Pienso en aquellos hermanos que tanto le hemos hecho daño, por nuestra forma de vivir, nuestra vida de fe, por la manera en que los tratamos, y le dieron mayor importancia a eso en vez de seguir al Señor.
Nuestro Maestro nos enseña que el discípulo ha de avanzar apoyado en la voluntad de Dios hacia adelante y que su alimento es hacer lo que Dios nos pide. Qué lástima encontrarnos con gente llamada a ser camino de Dios para que los otros lleguen hasta Él, y nos convertimos en piedra de tropiezo; cuando en nuestro corazón priman más puntos de vista humanos, antes de los divinos. El autor es sacerdote, rector del Seminario arquidiocesano La Purísima.
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