Este debió ser mi día de suerte. En la bandeja de entrada encontré un correo del señor Charles Bonnamy, de 58 años y con un cáncer terminal, propietario de una “gran suma deseo para ofrecerle un regalo para usted para hacer obras de buena voluntad”. Me cuenta el señor Bonnamy, en un español machacón y ya tomando confianza, que él es un hombre de negocios en varias áreas “algunas de las cuales no siempre han sido legales” y que precisamente esos cargos de conciencia lo han hecho buscar a una persona buena (supongo que yo) para entregarle su fortuna y que haga obras benéficas. Me pide discreción, y que llene y reenvíe un formulario donde va desde mi nombre, que no conoce, hasta mi edad, teléfonos y dirección.
No había terminado el día cuando me cayó otro correo. Por eso digo que andaba con suerte. Esta vez me escribían en representación, ni más ni menos, que de un conglomerado de compañías petroleras “apoyado por el Banco Mundial y el Nigeria National Petroleum Corporation y el comité del senado de Nigeria” para comunicarme que me habían seleccionado para una “concesión especial” por la bicoca de “un millón cuatrocientos mil dólares de Estados Unidos (US$$1,400,000.00)”. ¡Santo Dios! Con ese dinero resuelvo todos mis problemas y hasta puedo dar la vuelta al mundo con mi familia.
Al igual que el señor Bonnamy, la señora Maria Zayad que escribía como secretaria del senador Mohammed Mana, me explicaban que mi dirección electrónica salió “favorecida” en un sorteo que ellos hacen e igualmente me pedía casi los mismos datos que el señor Bonnamy.
Así estaba la cosa. En un día tenía a mi disposición la fortuna no especificada de un tal señor Bonnamy de África y un millón 400 mil dólares de unas compañías petroleras (mmm también africanas), que me los quieren regalar sin que yo sepa por qué diablos lo están haciendo. Demasiado bueno para que sea cierto.
Y de pronto me recordé pronunciando la misma frase hace algunos años, cuando una amiga me contaba que había llegado a Nicaragua una compañía que vendía tequila y buscaba socios. Se arrancaba desde cien dólares. Y por cada cien dólares que invirtieras, te daban el 20 por ciento mensual. ¡Una ganga! Me contó que su papá había metido algún dinero y ya estaba recibiendo las ganancias. Y el porcentaje de ganancias se incrementaba en la medida en que ibas llevando nuevos “socios”. Demasiado bueno para ser cierto, le dije y aunque tuve la tentación, me quedé mejor con mi dinero en la mano. La empresa se llamaba Agave Azul y a los pocos días se hizo famosa porque se descubrió la comunal estafa que yo sospeché desde ese primer momento.
Hombre, es que el dinero no cae del cielo. Y si cae, lo menos que tenemos que preguntarnos es ¿cuál es la trampa?
Según la Comisión Europea, los fraudes por internet representan actualmente la categoría de fraudes con crecimiento más rápido en Europa, y para hacer una estafa en internet se apela a las mismas tácticas que se usaban hacen mil años para quitarle algo de valor al incauto: las emociones.
Todos somos propensos en mayor o menor medida a sentir avaricia, miedo y, según dicen los entendidos, el ser humano es uno de los pocos animales capaces de ayudar a otro sin esperar nada a cambio. O sea, ser altruista.
Por ejemplo, en la parada de buses se encuentra un hombre que le pide que revise la lista de la lotería. ¡Bingo! El billete está premiado con tres mil córdobas. Pero el hombre anda apurado, su bus ya se va, y le pide que le dé dos mil córdobas y usted cobre el billete. Así le ayuda a resolver su problema (solidaridad) y se gana rápidamente mil córdobas (avaricia). Al final sabrá que el billete era falso y el pobre hombre, un estafador.
Todo esto tiene que ver con la bendita hormona llamada oxitocina, que se libera cuando alguien deposita confianza en nosotros y nos induce a pagarle con reciprocidad. La cadena del chisme es un buen ejemplo. Cuando alguien nos cuenta un chisme, inmediatamente sentimos la necesidad de pagar con otro chisme. Y eso lo saben bien los chismosos para sacarle información a los ingenuos. Gracias a la oxitocina nuestro cerebro hace que nos sintamos bien cuando ayudamos a otros. Así que cada estafa generalmente comienza con un “necesito tu ayuda”. Es el estímulo.
Este cóctel de emociones lo conocen muy bien los estafadores del tal forma que apelan a la solidaridad (estoy muriendo de cáncer), a la avaricia (el millón de dólares ganados de la nada) y a veces hasta el miedo, como unos correos que amenazan con una demanda, la cual se suspendería si se coloca tanto dinero en tal cuenta. Pero las grandes herramientas de la estafa son la solidaridad, la confianza y, por supuesto, la avaricia. El arte de un buen estafador no es lograr que la víctima confíe en él, sino que la víctima sienta que el estafador confía en ella.
Y al igual que el cambiolín en la parada de buses, la viejecita enferma de África que nos quiere heredar su fortuna o el premio millonario que nos anuncia que nos ganamos, nos parecen estrategias bastante burdas para engañarnos, algún resultado les deben de dar, ya que correos de ese tipo siguen llegando a nuestras bandejas de entrada buscando incautos que caigan en la trampa. Y alguno que otro caso de alguien que cae conozco personalmente.
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