Amalia del Cid
Periodista
Esa tarde discutí con mi hermana; como tantas otras veces fue por alguna nimiedad que ni siquiera recuerdo. Dije y dijo. Y salió a relucir el temperamento de las dos. Por la noche, cuando se la llevaron al hospital, me quedé rumiando mi remordimiento en cada rincón de la casa. Llorando bajito para no alarmar a mi hermano menor, deseando ser yo la enferma y preparándome para lo peor.
De su cuarto la sacaron morada, con los labios tan hinchados que apenas pudo balbucear un ¡mamá! cuando se sintió desfallecer. Llegaron los vecinos y pronto se armó una comitiva para trasladarla en el primer vehículo que se tuvo a disposición. Así empezó la carrera de 45 kilómetros hacia Managua.
Unas dos horas después, los médicos ya tenían el diagnóstico. Había sido intoxicación por fármacos. La reacción de medicinas contra la amigdalitis, la fiebre y el dolor de cabeza sumadas a una píldora para dormir de las que mamá guardaba en una bolsita. No había peligro, dijeron. Mi hermana debía quedarse en el hospital la noche entera; pero todo estaba bien. ¡Dios mío, Dios mío, Dios mío…! ¡Qué alivio!
Sin embargo, la tormenta apenas comenzaba. A la mañana siguiente el pueblo despertó con una nueva de esas que dan carne para desmenuzar durante semanas, meses o años: la muchachita, sí, esa, la hija de doña fulana de tal, se había intentado suicidar porque estaba embarazada y el novio la había abandonado; tan formalita que se miraba, ¡quién diría! y ¡qué cierto es eso de que caras vemos y corazones no sabemos!
Lo había dicho la Radio Ya. Alguno de los reporteros de la emisora llegó al hospital, tuvo acceso a los datos de mi hermana y tomó nota de su nombre, su edad y la razón por la que ingresaba a emergencias. No se tomó la molestia de platicar con mis padres. No averiguó quién era la joven que en ese momento luchaba por su vida, por la carrera universitaria casi conquistada, por el futuro imaginado y los hijos soñados. Era mejor tejer una historia sensacionalista y transmitir en frecuencia modulada su sarta de mentiras.
Mi familia no vio venir el golpe. Ya se comentaba la “noticia” cuando nos enteramos. Incluso los médicos que atendieron a mi hermana se sorprendieron al escuchar el drama inventado.
En el pueblo fue tema de sobremesa, con esa repugnante mezcla de fingida preocupación y auténtico morbo. Y me recibieron en la escuela con la pregunta de rigor, que me dejó tiesa y con el estómago encogido: ¿Es cierto que tu hermana…?
Ese día volvió a casa. Cansada, débil, asustada, avergonzada y enojada con la Radio Ya. No quería ni asomarse a la calle, porque allí afuera esperaba la jauría. Solo mi madre logró convencerla de dar la cara, enfrentar las preguntas impertinentes, pero ineludibles y las miradas curiosas.
Aunque harán diez años desde entonces, mis padres todavía cargan el peso de esa historia. Y yo me pregunto en cuántos otros hogares nicaragüenses se han vivido situaciones parecidas, cuántas otras veces se ha puesto en la boca de un pueblo la reputación de una persona; todo porque en una radio quieren tener una noticia “caliente” para salvar el día.
Si la radio lo dice, la gente lo cree. Se supone que en los medios de comunicación trabajan profesionales responsables. Pero, ¡cuántos nicaragüenses han tenido que guardar silencio cuando se juega a hacer rating con sus vidas! Sin derecho a réplica ni oportunidad de dar aclaraciones.
Removí un dolor añejo porque me revienta escuchar esas “noticias” en la Radio Ya; ese trabajo de quinta, con efectos de sonido seudocómicos y narraciones en las que se hace chacota de las tragedias de las personas.
Por fortuna, mi hermana es una mujer fuerte, a quien hoy día tiene sin cuidado la historia de su supuesto embarazo y envenenamiento frustrado.
—Mas bien me da risa —dice, y en efecto, se ríe.
Sin embargo, agrega: —Claro que esa historia solo quedó en chismes, pero ¿qué tal si eso hubiera generado el rechazo de la sociedad?
—No sé —le digo—. Pero ahora hay dos cosas que tengo claras. Una, existe algo que se llama Código Penal, que ampara al ciudadano que ha sufrido injurias y calumnias, y dos, las noticias, no porque las diga una radio son ciertas, sobre todo si las dice la Radio Ya.
Ver en la versión impresa las paginas: 21