No son pocos los que dicen que Daniel Ortega se hizo con la Presidencia de la República en 2006, porque Arnoldo Alemán “se la regaló” cuando pactó con él y aceptó bajar al 35 por ciento el porcentaje mínimo de votos para poder triunfar en primera vuelta. Están equivocados. Analicemos los hechos.
El límite del 35 por ciento, vigente desde el 2000, no impidió que un año después, en 2001, las elecciones las ganara Enrique Bolaños, ex vicepresidente del gobierno de Arnoldo Alemán. Don Enrique ganó sin problemas con un holgado 56.3 por ciento, porque fue el candidato del PLC unido. Si hubiese sido candidato del Partido Conservador, del PLI, del MRS, o de cualquier otro partido, jamás hubiera llegado a la Presidencia. Recordemos también que por aquél entonces, Eduardo Montealegre y don Fabio Gadea militaban en el PLC y pastaban plácidamente en el gobierno, el primero como ministro y el segundo como diputado. Pero lo de verdad importante: en 2001, el famoso 35 por ciento no pudo impedir el triunfo del liberalismo unido.
Llegaron después las elecciones de 2006. Eduardo Montealegre, creyendo tener un mandato divino para ser Presidente de Nicaragua, se salió del PLC cuando no logró imponer su candidatura presidencial; se confeccionó un partido a la medida, el ALN, se agenció el apoyo de la Embajada Americana y dividió mortalmente al liberalismo. Sumando su porcentaje de votos como candidato de ALN y el de José Rizo como candidato del PLC, el liberalismo obtuvo el 55.4 por ciento de los votos, pero ¡dividido en dos!, gracias a Montealegre. Y es por eso que no logró alzarse con el triunfo, como si lo hizo en 2001 cuando cosechó un porcentaje similar de votos, pero concentrado en un solo candidato.
Ah, dirán los mitómanos del 35 por ciento, pero fue gracias al pacto por lo que Ortega pudo ganar con sólo el 38 por ciento. Tampoco es cierto. Veamos lo que escribió el diario LA PRENSA en su editorial del 29 de noviembre de 2010: “el Consejo Supremo Electoral (CSE) —el cual para entonces ya estaba sometido a Daniel Ortega— escamoteó o escondió el 8 por ciento del total de los votos que depositaron los ciudadanos en las urnas electorales. Es obvio que el CSE ocultó esos casi 200 mil votos, porque si los hubiera escrutado y reconocido, la elección presidencial habría tenido que ir al balotaje, o sea a una segunda vuelta, la cual Daniel Ortega jamás habría podido ganar”.
Lo que LA PRENSA dijo, con más elegancia, es que Daniel Ortega no ganó las elecciones de 2006 sino que se las robó con la ayuda del CSE. Así de claro; y reto a cualquiera a que, de lo afirmado por el prestigioso diario, saque una conclusión distinta. Y si lo afirmado fuera correcto —que parece serlo porque por algo no computaron ese 8 por ciento—, entonces se debe deducir que, tampoco en el 2006 el 35 por ciento tuvo nada que ver con el “triunfo” de Ortega.
En resumen: en 2006, gracias a la división causada por Montealegre, el liberalismo no pudo obtener una victoria contundente, clara e incuestionable, como las que obtuvo en 1996 y en 2001 cuando se presentó con un solo candidato. Y a pesar del cacareado 35 por ciento, el sandinismo no ganó en 2001 ni, de verdad, en 2006.
Cuando en 2000 Alemán aceptó bajar el techo al 35 por ciento, yo lo critiqué duramente, y al día de hoy todavía sostengo que no debió hacerlo. Pero un análisis objetivo de los resultados de las dos últimas elecciones generales demuestra que el riesgo calculado que tomó Alemán era fácilmente asumible con el liberalismo unido, como quedó demostrado en 2001.
Es muy probable que la animadversión que sienten muchos contra Alemán, se deba a que la machacona repetición mediática y política del mito del 35 por ciento. Los han hecho creer que él es el culpable de que Daniel Ortega esté en la Presidencia. Pero hemos visto que eso no es cierto. Los hechos son lo que son y la verdad es testaruda; todo lo demás son tan solo fantasiosos y malintencionados cuentos de camino del panchosandinismo.
El autor fue embajador de Nicaragua en España.
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