En su reciente visita a México, Sebastián Piñera manifestó que el modelo “bolivariano” que encabeza Hugo Chávez en Venezuela, Raúl Castro en Cuba, que siguen Nicaragua y, tal vez, Bolivia y Ecuador, no conduce a ninguna parte.
En contraste, resaltó las características de progreso que conlleva la democracia vital auténtica y que se resumen en libertad de expresión, alternancia en el poder, economía basada en la iniciativa y el entendimiento de las personas, combate a la desigualdad.
Los países más prósperos del mundo son los que van por el camino que sigue el inteligente mandatario chileno; al otro extremo, la atmósfera del totalitarismo es de mentira, pobreza y despotismo. Basta referirse a la ex URSS y sus satélites para darse cuenta del colapso que espera a quienes no asimilan amargas experiencias. ¿Lucha de clases o constructiva relación ciudadana?
La democracia y la libertad plena, en lo político, económico y social, junto al respeto a los Derechos Humanos y entre las funciones del Estado, constituyen sólidos cimientos para el adelanto individual y colectivo. En estas coordenadas, jamás tienen que faltar las libertades de conciencia, de expresión y de prensa, que tanto molestan a los sátrapas, porque cuestionan procederes abusivos, ineficientes o corruptos. ¿Por qué en la Cuba de los Castro se destruyó a la prensa pluralista e independiente?
Con la caída del Muro de Berlín se creyó que los absolutistas hubieran aprendido la histórica lección; no fue así, buscaron nuevas formas de captar el poder con la pretensión de eternizarse en el mismo, valiéndose del miedo, la asfixiante propaganda y otras prácticas negativas.
Chávez es el representante de un modelo autocrático, arcaico y de comprobado retraso. Para comprobar lo anotado, preciso es recordar lo que sucede en Venezuela, un hermoso país, desbordante de riqueza petrolera y de enormes potencialidades humanas, pero sumido en el desgobierno más trivial, al que alienta la engañosa y retrógrada algarabía populista, junto a las enseñanzas de sus maestros, los dictadores de Cuba por más de cincuenta años y que consideran a la pintoresca isla como hereditario feudo, en donde se ha colocado sobre la libertad y la democracia el infamante yugo de interminable tiranía.
A esta altura del siglo XXI, los valores sustanciales de la humanidad sufren serios y preocupantes escollos para su vigencia. Es necesario saber diferenciar, especialmente en Latinoamérica y el Caribe, lo que entrañan el progreso o el totalitarismo, para no ser sorprendidos por los encantadores de serpientes que, con el mayor cinismo, ofrecen el “paraíso” del cual sus habitantes incluso mueren por abandonarlo cuando se presenta la primera oportunidad, debido a la desdicha y la opresión imperantes.
El autor es periodista ecuatoriano.
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