En sí no es malo que el gobierno actual se autodefina cristiano. El atribuirse una identidad suele generar cierto impulso a conformarse con ella. Si yo me defino públicamente como nadador, tengo al menos que poder bracear una piscina. Uno puede atribuirse un adjetivo del que carece, pero es riesgoso, sobre todo cuando se conocen sus exigencias. Un aficionado puede pretender ser cantante de ópera en Nicaragua, pero en Italia se expone a la rechifla. De aquí la importancia de un público conocedor.
Como adjetivo, cristiano es un vocablo abusado. Parte del problema es desconocimiento. Muchos confunden cristianismo con bondad. Un ateo puede ser bueno, pero no es cristiano. Serlo, aunque implica una conducta, es esencialmente una fe; la convicción de que Dios se encarnó en su hijo Jesucristo para redimir al mundo y guiar a hombres y mujeres a la salvación eterna. La fe la tienen personas y no sistemas.
Evidentemente, el cristianismo tiene una ética y dimensión política y social que deriva de Cristo y sus enseñanzas. Un gobierno puede ser más o menos congruente con los valores derivados de estas, en cuyo caso se le puede llamar de inspiración cristiana. Pero sin olvidar que ningún sistema político o gobierno concreto puede reclamar para sí dicho título con pretensiones de exclusividad. Existe una multiplicidad de formas de organizar la sociedad, compatibles con el cristianismo, que los laicos pueden escoger legítimamente.
Hechas estas aclaraciones, ¿cómo podemos saber la medida en que un gobierno practica los principios derivados de la ética cristiana? “Por sus obras los conoceréis”, dice el evangelio. Habrá que examinar pues sus hechos —más que sus palabras o intenciones— a la luz de los principales valores evangélicos.
Central al cristianismo es el respeto a la dignidad de todos los seres humanos y la importancia de la caridad. En consecuencia, un aspecto a ser analizado es la forma en que los gobiernos tratan a los más débiles o desvalidos: los niños por nacer, los minusválidos y los menesterosos. El gobierno de Ortega tiene en este aspecto el mérito, por las razones que sea, de haberse negado a legitimar el mal llamado “aborto terapéutico” que atenta contra la vida de los primeros. Más complicado es evaluar su atención a los pobres. El cardenal Obando felicitó al gobierno por los numerosos insumos —zinc, gallinas, salud, etc.— que ha suministrado a numerosas familias pobres. Pero es importante recordar que lo que más ha contribuido históricamente a rescatarlos de la indigencia —y por tanto lo más caritativo— no son las políticas asistencialistas, sino la creación de condiciones que facilitan la multiplicación de empresas y las inversiones. Entre aquellas sobresalen la probidad del sistema judicial y el estado de derecho, ambos en franco deterioro.
Otros valores evangélicos centrales son la reconciliación y la paz. Un gobierno congruente con ellos evita la confrontación y las divisiones, mientras fomenta la armonía y la unidad. Aquí el desempeño es mixto. Por un lado Ortega ha buscado la armonía con el sector privado y, retórica aparte, con los organismos multinacionales de occidente. Pero ha mantenido un perfil intensamente partidario, actuando no como presidente de todos los nicaragüenses, sino como líder de un partido, dispuesto a imponer su bandera sectaria en el Estado y a privilegiar sus partidarios. A esto habría que añadir la utilización de turbas violentas contra el derecho ciudadano a manifestarse.
Luego están los valores, centrales a la tradición judeocristiana, de la justicia y la veracidad. Estos han sufrido aún más bajo el régimen actual. La politización y la corrupción carcomen el sistema judicial mientras el presidente infringe constantemente la ley. Más grave aún, se realizó la mentira del fraude, en las elecciones municipales y se resiste a celebrar comicios transparentes.
Finalmente está la virtud cristiana de la humildad; la disposición a sacrificar el ego por el beneficio colectivo, no creerse indispensable, someterse a las leyes. El afán reeleccionista de Ortega, pasando sobre la Constitución que juró respetar, contradice estos valores y empuja el país por un sendero de peligro e inestabilidad probada.
Está bien que la pareja Ortega-Murillo aspire a caracterizar su gobierno como cristiano. Para que esto no se quede en palabras tendrían que meditar sus implicaciones y obrar en consecuencia. Ojalá.
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