El pensamiento mítico persistirá mientras el hombre se plantee enigmas que no puede resolver. Respuesta a esos enigmas, es una prueba del misterio de la vida, que siempre doblegará a la razón, y un intento de traspasar esos límites. El mito no ha sido ni será jamás subyugado y derrotado: “Sigue siempre allí, acechando en la tiniebla, esperando su hora y su oportunidad” nos dice Ernst Cassirer. El problema surge cuando los vínculos racionales de una sociedad, leyes e instituciones, por una razón u otra pierden su fuerza y la respuesta mítica empieza a enseñorearse de la vida colectiva. Entonces la política se puebla de monstruos, de dioses brutales y rituales sanguinarios.
Todo esto lo conoce muy bien la política moderna, que ha diseñado técnicas refinadas para manipular el lenguaje y los símbolos y explotar el sustrato irracional de donde surge el pensamiento mítico, la ciénaga del miedo, a fin de lograr una dominación absoluta sobre las conciencias. A veces una conjunción de factores, ajenos al control de un solo grupo, produce una situación de crisis que deviene caldo de cultivo de las soluciones desesperadas. Otras una minoría, deliberada y pacientemente, se dedica a dinamitar los vínculos racionales, crea un clima general de inseguridad, de donde surgirá la necesidad del caudillo, del salvador, del gran líder.
En Nicaragua asistimos a este último proceso. La primera gran tarea del orteguismo ha consistido en corromper el sistema democrático, explotando las debilidades de una clase política perdularia y destruyendo el precario andamiaje del Estado de Derecho. El objetivo de esta operación ha consistido en sustituir la ley por la fuerza, el deber por el poder. La ley ha sido convertida en instrumento de uso y desecho, de acuerdo a la necesidad y capacidad del poder; la fuerza y el interés son hoy los que dictan lo que se debe o no se debe hacer.
Esta labor de suplantación destructiva prepara el terreno para la creación del mito. La corrupción de las conciencias se refleja en la corrupción del lenguaje: las palabras sencillas son sustituidas por conceptos grandilocuentes; se confiscan los símbolos tradicionales para darles otro sentido; desplazada la fuerza de la verdad por la verdad de la fuerza, todo sirve para rendir culto al poder y aniquilar cualquier disidencia, todo es señal de la epifanía del superhombre, del héroe. Luego vienen los ritos, los ceremoniales, el gran teatro, la gigantesca puesta en escena, la catarsis cíclica que hará de la obediencia ciega una costumbre.
Las palabras, los conceptos, pueden cambiar, aunque el procedimiento es el mismo. El marxismo empezó como una crítica a la religión y a la ideología y terminó siendo, en su versión aplicada del socialismo realmente existente, una religión con sus dogmas, fieles e inquisidores. El nazismo manipuló la teoría de la raza de Gobineau, el culto al héroe de Carlyle, la filosofía de la historia de Hegel y el existencialismo de Heidegger, para forjar el mito del Tercer Reich y garantizar la ciega obediencia al Führer. Todo esto, que los historiadores y filósofos de la política han analizado en profundidad, se repite en nuestro caso con una modalidad menos rebuscada y más pedestre, recurriendo simplemente a la usurpación y adulteración de los símbolos de la fe católica.
En respuesta a la justa indignación de la jerarquía eclesiástica por la profanación, esta vez, del misterio central de la Eucaristía, los adoradores del nuevo becerro de oro desvían la discusión hacia el tema del derecho o no de este Gobierno a utilizar el apelativo “cristiano”. Pero el problema fundamental que debe preocuparnos a todos, ciudadanos de a pie, políticos, empresarios, clérigos, no es siquiera el intento de unir Iglesia y Estado, un hecho violatorio de nuestro declarado laicismo constitucional, sino otro más grave: el recurso a las técnicas totalitarias de dominación de las conciencias para garantizar la fe ciega a un caudillo; la conversión de un partido político en una secta religiosa, con su sacerdotisa y su profeta y sus millones de dólares, que cultiva prosélitos, sobre todo entre la gente menos experimentada, más sedienta de ideales y valores, el numeroso sector de adolescentes y jóvenes.
Los mitos políticos persiguen cambiar a los hombres para regular y determinar sus actos. La historia moderna nos enseña cómo esos hombres cayeron víctimas, sin ofrecer resistencia, hipnotizados, dominados y vencidos antes de percatarse de lo que estaba ocurriendo. Mitos que hacen —como nos advierte Cassirer— “lo mismo que la serpiente, que trata de paralizar a sus víctimas antes de atacarlas”. La serpiente emplumada y del espejo humeante, que sostenía al Gran Tlatoani y se alimentaba de la sangre de los sacrificios humanos. La misma serpiente venenosa del camino, fría y hambrienta, que un día un pastor aconsejó no abrigar en nuestros brazos.
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