“¿Será la mentira uno de nuestros pecados nacionales?” Pablo Antonio Cuadra (PAC), se hacía esta pregunta en su libro El Nicaragüense (1967). La guatusa, decía, ese símbolo obsceno del engaño, es uno de los gestos más típicos y preeminentes de nuestra cultura. “Somos guatuseros y nos llamamos unos a otros guatuseros para eludir llamarnos mentirosos”.
PAC lamentaba cómo la mentira ha socavado todo nuestro edificio social y político. El problema, en su opinión, era de vieja data. El cronista español Oviedo, hablando de nuestros indios del siglo XVI, reportaba: “e son muy crudos a natura e muy mentirosos”. El mestizaje agravó el problema. Carente de identidad, pues la nueva raza no era india ni española, ni tenía tradición o estatus legal, hizo de la adaptabilidad su arma de sobrevivencia. Como el camaleón, cambiaba de colores según la ocasión; siempre fingiendo, simulando, actuando. Surgen de allí el Güegüense, en Nicaragua y Cantinflas, en Méjico. El primero, maestro en la doblez, el segundo en el arte de usar el lenguaje, no como puente, sino como defensa que confunde a través de la ambigüedad y la imprecisión deliberada.
Octavio Paz decía que la mentira penetraba toda la sociedad mejicana: “ficción en nuestra política electoral; engaño en nuestra economía ; mentira en los sistemas educativos; farsa en el movimiento obrero”. Pareciera que estuviese hablando de nosotros. Una farsa judicial declaró valetudinario al vigoroso expresidente Alemán, y otra declaró inconstitucional la constitución; farsa es la “oposición” del PLC y farsa la pretendida religiosidad del FSLN.
Sergio Ramírez señalaba recientemente cómo la señora Murillo inventó sin rubor, la historia de que Carlos Fonseca, quien fue ateo confeso, andaba una cruz al cuello. El uso de la mentira, como eje de estrategia política, no es nuevo en el dúo Ortega-Murillo. En los años setenta creían en el marxismo leninismo, convicción que disimulaban en público fingiéndose demócratas. Hoy no creen en nada. Tienen, claro está, intereses y ambiciones, pero carecen de principios o convicciones ético-morales articulados en una filosofía coherente. Hoy adoptan cualquier cosa que venda; cualquier cosa que sirva para impulsar su proyecto de poder.
Si ahora parecen abrazar la religión es porque creen que hacerlo paga políticamente. Si se oponen al aborto es porque eso cementa su relación con el cardenal. Si hablan de amor y paz es porque creen que tiene valor estratégico. Todo es calculado, planeado y actuado, como en una obra de teatro. En sus años de militancia marxista, Ortega y Murillo se unieron “por las armas”, como lo hacían los revolucionarios de entonces. Luego, tras forjar su alianza estratégica con el cardenal, de cara a los comicios del 2006, le pidieron los casara por el rito católico; querían atraer a las masas religiosas e intentaron vender un mensaje de cambio y reconciliación: cantaron los acordes de John Lennon, pidiendo trabajo y paz y vistieron a sus militantes con camisetas proclamando que “el amor es más fuerte que el odio”.
Todo duró hasta que el pueblo comenzó a protestar las mentiras del fraude electoral del 2008. Entonces se apartó la piel de oveja y entraron los manotazos furiosos de las turbas. Hoy, al aproximarse las elecciones, y después de que la dirigencia orteguista se percató de los costos políticos que, nacional e internacionalmente, les causaba su agresividad, volvemos a una reedición del amor. El giro estratégico fue anunciado en un documento de mayo de 19 páginas, escrito con el inconfundible estilo de Murillo y titulado Campaña por el bien común . En él se promueve el uso de la retórica y simbología religiosa que fue estrenada el 19 de julio y se adoptó el slogan de “Somos amor, paz y vida”.
Igual que las caras aburridas de los “rezadores” pagados, que ocupaban las rotondas agitando monótonamente las banderitas que suministraban sus capataces, todo es teatro y farsa. Se rechaza al “injerencismo”, cuando lo que se adversa es la observación, y se prepara un nuevo fraude, en caso de que los resultados les sean adversos. Seguramente se prepara también el garrote y el mortero, para el día que sea necesario quitarse las máscaras y la piel de oveja. Es cuestión de tiempo.
El autor es sociólogo y fue ministro de Educación 1990-1998.
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