El enfermo presidente de Venezuela, coronel Hugo Chávez Frías, apareció el jueves de esta semana en un acto oficial celebrado en Caracas y proclamó en su discurso la eternidad de la revolución venezolana.
“Esta revolución ha renacido de los sepulcros de la historia y nació comenzando el siglo XXI para convertirse en la revolución eterna, permanente y perpetua. Más nunca se va a ir de aquí la revolución bolivariana, la revolución socialista ”, expresó Chávez con su habitual grandilocuencia que embelesa a sus partidarios.
La revolución eterna o perpetua ha sido siempre el sueño de todos los caudillos revolucionarios. Tal vez pocas personas lo recuerdan en Nicaragua, pero Daniel Ortega dijo el 18 de enero de 1987, en Ciudad Darío, durante la celebración del 120 aniversario del natalicio del poeta nacional, que la revolución sandinista iba a durar por lo menos mil años. Curiosamente, ese era el mismo tiempo que según Hitler duraría el III Reich o revolución nacional socialista de Alemania.
Pero la revolución eterna o perpetua es solo un sueño totalitario. En la realidad es imposible que un país o una sociedad viva en situación revolucionaria permanente y sin fin. El régimen político y el sistema económico y social creado por una revolución, se puede prolongar por más o menos tiempo, como duró 73 años el que surgió de la revolución comunista soviética, pero es inevitable que termine y que sea reemplazado por algo distinto, que generalmente es superior.
De hecho la revolución termina inmediatamente después de la toma del poder por los revolucionarios, que se convierten en defensores del nuevo sistema y por lo tanto dejan de ser revolucionarios; se hacen conservadores y, peor aún, reaccionarios. Los sandinistas eran revolucionarios cuando luchaban por conquistar el poder y muchos de ellos dieron entonces admirables muestras de idealismo, abnegación y heroísmo. Pero después que tomaron el poder impusieron una dictadura totalitaria parecida a la de Cuba comunista, se recetaron privilegios como los de los antiguos capos somocistas y desataron la represión. Los antiguos revolucionarios se convirtieron en seres reaccionarios, intolerantes, arrogantes, codiciosos, defensores del estatus quo y enemigos del cambio político, económico y social que otrora enarbolaron como bandera.
De manera que en boca de Hugo Chávez y Daniel Ortega la revolución eterna o perpetua es una frase retórica, sin sentido político, sociológico e histórico. Lo que refleja esa frase es su ambición de perpetuarse en el poder y heredarlo a sus camaradas de la nueva clase opresora, o, mejor aún para ellos, a sus parientes más cercanos.
El único líder revolucionario que al parecer creía sinceramente en la idea de la revolución permanente y trató de sustentarla teóricamente, era León Trotsky, uno de los líderes bolcheviques que tomaron el poder en Rusia en 1917, pero después fue purgado por Stalin quien lo echó del país y lo mandó a asesinar, en México, en 1940. Sin embargo, cuando Trotsky habló de revolución permanente no se refería a una situación revolucionaria eterna, sino a que la revolución no puede triunfar ni sostenerse en un solo país, pues sería derrotada, y por eso debe expandirse y triunfar internacionalmente.
A nuestro entender eso es lo que expresa Trotsky en su libro titulado precisamente La revolución permanente , en el cual indica: “La revolución socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio de la palabra, en el sentido de que solo se consuma con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta”. De lo cual se deduce también que la revolución termina cuando el comunismo se establece en todas partes del mundo, pues entonces ya no habría nada que revolucionar, la historia de la humanidad a través de las revoluciones habría llegado a su fin.
Pero esas eran y son fantasías ideológicas. La revolución socialista o comunista triunfó en algunos países y su resultado fue la imposición de regímenes opresivos peores que los derrocados. Solo las revoluciones democráticas, como las de Europa Oriental y Central en 1989 que pusieron fin al totalitarismo comunista, son las que establecen un sistema de gobierno y de vida basado en la libertad. Pero en ese mismo momento las revoluciones terminan y ceden lugar a la evolución, que es la condición y garantía del desarrollo y el progreso de las personas y las naciones.
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