[imported_image_74281]
Hace unos tres años, para un enero, recuerdo que me levanté y me miré al espejo. Lo que vi, debo ser honesta, me angustió. Miré a una muchacha blanca, bajita, de 23 años con los brazos rollizos, un rollito que envolvía toda la parte abdominal y que al sonreír sus cachetes parecían, además de ruborizarse, inflarse. Lo que pensé fue más angustiante aún. En unos cuantos años aquella imagen del espejo sería peor. En lugar de un rollito habrían rollos, un par de brazos que parecerían piernas, y más preocupante aún, enfermedades como diabetes, problemas cardiovasculares, presión alta…
Acababan de pasar las fiestas de Fin de Año y Navidad. Esos días hubo relleno, pavo, jamón y tocó comer como contratada. Los efectos no solo de aquel diciembre, sino además de esos almuerzos y cenas de papas fritas, hamburguesas, pizza, gaseosas estaban reflejados en aquella imagen que aparecía frente al espejo.
Esa mañana tuve una larga plática con la muchacha que miraba al espejo, y después de un largo rato, decidí que iría donde una nutricionista. No creo en dietas mágicas, tampoco en eso de dejar de comer o automedicarme. Iría donde la especialista. Ese, sería el primer gran paso.
Cuando yo llegué a la clínica de la nutricionista supe que estaba en el eslabón del “sobrepeso”, tenía un índice de masa corporal (IMC) de 26, cuando el de una persona en su peso normal es entre 19 y 24. Pesaba 140 libras (63.63 kilos) y medía 1.57. El peso en kilos dividido entre la altura al cuadrado da el IMC.
Recuerdo la primera cita. La doctora, como le llamaba, me recibió con una enorme sonrisa y después de pesarme, medirme, mandarme hacer exámenes y preguntar sobre mis gustos en la comida, me dio el primer menú.
La mañana siguiente empecé con la dieta. Desayuné una fruta con leche descremada y un cereal que sabía a cartón mojado. El menú además mostraba pollo a la plancha, tortilla, ensalada, a veces carne, siempre a la plancha, pastas una vez a la semana, repochetas a la plancha, avena simple En la parte baja de la página había un asterisco que me decía: “CERO PAPAS, CERO GASEOSAS, CERO PIZZA, CERO HAMBURGUESA ”.

El inicio siempre cuesta. Y no lo digo solo por el hecho de cambiar radicalmente los hábitos alimenticios, a veces eso resulta siendo lo menos difícil, sino por todo ese entorno que rodea. Gente que habla, que critica, que opina, gente que no aporta. Recuerdo con claridad quienes preguntaban “¿y solo eso vas a comer?”, o que insistían “tomá, comé, si solo es un pedacito” o que gente ignorante que cree que hacer dieta es malo y que es mejor “comer de todo”.
Ahí los veo todos los días con problemas de sobrepeso, de presión alta, con problemas cardiovasculares, y no me alegra, pero me da una lección de que hay que medirse la lengua.
Seguí el menú de mi nutricionista al pie de la letra. Si hay algo que me enorgullece es de tener una fuerza de voluntad de hierro y una cuota de disciplina que le acompaña. Las visitas a la clínica eran mi mejor aliciente. Comencé bajando tres libras, luego cuatro, cinco… hasta llegar a veinte y estar en mi peso ideal.
Nunca me morí de hambre, ni puse en peligro mi salud con pastillas u otros métodos que están de moda. Simplemente aprendí a comer. Aprendí a combinar y equilibrar alimentos.
El sobrepeso y la obesidad, dice la Organización Mundial de la Salud (OMS), es el quinto factor principal de riesgo de muerte en el mundo entero. Cada año, mueren al menos 2.8 millones de adultos a consecuencia de ello.
Es difícil bajar de peso. Sí. Lo confieso. Pero es más difícil estar expuesto a la crítica y también lograr mantenerse en el peso al que se logró llegar. Es una lucha diaria, una lucha de medir las porciones, de evitar la grasa, de negarse a un postre y de aprender a que lo que el resto piense es lo de menos. Algunos dirán que es locura, pero no. Es cuestión de salud y por qué no, también de estética.
Un día de estos estaba sentada frente a mi computadora escribiendo precisamente un reportaje sobre personas obesas que han logrado bajar de peso. Y la historia no me era ajena. Quizás mi historia no sea como la de ellos que bajaron ochenta, cien libras. Yo bajé veinte libras, pero al igual que mis entrevistados, un día acepté que tenía sobrepeso y decidí con seriedad quitarme esas libras que sobraban. b
Ver en la versión impresa las paginas: 20