En La Prensa Literaria del sábado 9 de julio corriente se publicó un artículo titulado “La vida es biutiful”, del poeta, escritor y profesor universitario nicaragüense radicado en Estados Unidos, Nicasio Urbina. Dicho artículo se refiere a la película Biutiful, que es estelarizada por el laureado actor español Javier Barden.
En un hermoso elogio a la belleza que hay en la tristeza, Nicasio Urbina menciona en su artículo, que “en Historia de la belleza Umberto Eco afirma que no hay nada más bello que la tristeza. Ni la escultura más elegante, ni la joya más elaborada, ni las puestas de Sol más dramáticas se pueden comparar con la belleza de la sonrisa triste de Helena cuando abandona a su marido Menelao para fugarse con Paris a Troya ”
Me hizo reflexionar, o más bien preguntarme: ¿Por qué Helena habría de sonreír con tristeza al abandonar a su esposo, Menelao (a quien nunca amó y fue casada con él como resultado de un sorteo), para fugarse con Paris, de quien sí estaba perdidamente enamorada? Helena no fue forzada por Paris a acompañarla, ella fue seducida por la inigualable apostura masculina del príncipe troyano que súbitamente despertó en ella una pasión incontrolable.
Según la leyenda era inevitable que Helena se enamorara de Paris, ese fue el designio de Afrodita, la diosa del amor, quien le había prometido a Paris que sería amado por la mujer más bella del mundo, como premio a su sentencia de que ella (Afrodita) era la diosa más hermosa del Olimpo. Y la mujer más bella del mundo de los mortales era Helena, la esposa del rey de Esparta. Entonces, ¿a qué se debía la tristeza y la sonrisa triste de Helena siendo que no amaba a Menelao?
En el Canto III de La Ilíada Homero habla de la tristeza de Helena. Pero su tristeza es por la mortandad de la guerra de Troya, que ella provocó involuntariamente al fugarse con Paris. Inmensamente triste estaba Helena a pesar de que su suegro, Príamo, el rey de Troya, trató de consolarla diciéndole que no debía sentirse culpable porque ellos eran juguetes y víctimas de los designios de los dioses.
Cuenta Homero que Príamo subió a lo alto de las murallas de Troya para ver los combates entre griegos y troyanos. Estando allí llamó a Helena para que le ayudara a identificar a los griegos principales . Y le dice Príamo a Helena: “Ven aquí, amada hija y toma asiento delante de mí para que veas a tu primer marido y a sus parientes y a sus amigos; no eres tú para mí en nada culpable, culpables son los dioses que esta guerra contra mí han impulsado…”
Y a él Helena así le respondía: “Me inspiras reverencia, suegro amado, y, al mismo tiempo, espanto. ¡Ojalá la cruel muerte me hubiera sido grata cuando hasta aquí seguía yo a tu hijo, habiendo abandonado mi habitación nupcial y a mis parientes y a mi hija querida tiernamente y al amable grupo de las amigas de mi misma edad! Pero eso exactamente no fue lo que ocurrió, por lo cual yo ahora me consumo llorando”.
Se refiere Helena a la hija querida que dejó abandonada por irse con Paris, la pequeña Hermíone, a quien quiso llevarse a Troya con ella pero la niña no quiso acompañarla. Y esto provocó una inmensa tristeza a Helena que amaba inmensamente a su hija, pero mucho más fuerte era su amor a Paris porque así lo había dispuesto la divina Afrodita.
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