Se dice que Nicaragua no es un país viable, pero más cierto es decir que Managua es una ciudad intransitable, literalmente inviable. La calle “dura”, los hoyos profundos y destructivos, los reductores de velocidad invisibles, los manjoles abiertos, camuflados a veces, por las miasmas desbordantes, son agentes efectivos de la destrucción de llantas, rines y sistemas de amortiguación. La dirección y frenos de los vehículos se hacen añicos en pocas semanas y los bolsillos se agotan. Ya sólo los tractores pueden circular impunes y los carretones de caballos que deambulan orondos con sus rocinantes muertos de hambre.
Los demás aguardamos desesperados las demostraciones diversas de los que protestan en la avenida Bolívar al frente de importantes oficinas del Estado, donde las gestiones se interrumpen y el país se para arbitrariamente. Tal parece que la asamblea legislativa es solo parte del objetivo de las protestas. Para movilizarse en automóvil de la parte oriental hacia la occidental de la ciudad, puede tomar fácilmente 45 minutos. Lo mismo sucede en sentido contrario.
Viendo este caos vehicular se me ocurre suponer que los pudientes de este país se movilizan en helicóptero y que no soportarían esta ordalía vial, por más aire acondicionado que anduviesen en sus vehículos. No sé que dice el COSEP sobre esta inmovilización y atrasos. Nadie puede hacer negocios en estas circunstancias, al menos pequeños negocios. Las Pymes urbanas deben de estar sufriendo una amarga agonía y un desfase en sus entregas y movimientos de ruteo por estas calles infernales.
Pero todavía no hemos tocado el tema de las manifestaciones políticas y sus respectivas contramarchas. Estas últimas tienen la virtud de la sorpresa, sobre todo en la plaza de las “Victorias”, donde en cualquier momento se establecen las estridentes bandas de hip hop y de regaeeton, saturadas de una juventud que se autollama sandinista, de la reconciliación y la paz. Mientras se prepara este circo y el del estadio virtual aledaño, la circulación cerca de esos focos de subvencionado populismo, es impensable y eso no es ya asunto esporádico, sino más bien de rutina. Si juega el Barcelona se corta el tránsito en la carretera a Masaya a la altura del Km 3.5 y todo movimiento comercial o bancario queda interrumpido en ese tramo de vía. Ya no es pan y circo, sino circo y futbol.
Esta clase social permea todos los estratos de la sociedad capitalina, estimulando la impuntualidad, los hábitos de ausencia del trabajo, y el postergamiento de cualquier resolución comercial o ministerial, para el día de mañana o la semana próxima.
Por lo demás no debemos olvidarnos de los sonidos estridentes que emiten los pitos de los taxis y los cláxones de los buses, que parecen más bien de barcos saliendo o atracando en megapuertos como lo hacían antes. Los ruidos son además ensordecedores, enloquecedores y avasallantes, muchos de los cuales deberían estar prohibidos, como el de los perifoneos o “baratas”, cuyos mensajes son de por sí ininteligibles. Éste pandemónium acústico no contribuye a la salud mental de los sufrientes capitalinos.
Las pequeñas acotaciones mías sobre la inviabilidad de nuestra capital deben de ser una percepción de todos los que, de una u otra forma, andamos —o no andan— en vehículos, donde pagamos las carreras en la mayoría de los casos a precios módicos, pese a los precios del combustible. Nos hace falta educación vial y, más aún, humanidad para ser tolerantes, pacientes y corteses en nuestra conducta motorizada. El orden tiene que regresar en todos los aspectos de nuestra vida ciudadana y este debe empezar en la vía pública.
El autor es empresario
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