Le atribuyen a Lenin la frase “Denme cinco Francisco de Asís, y cambiaré el mundo”. Suya o no, la expresión en sí es un reconocimiento del impacto espectacular que personas poseídas de carisma y convicción pueden tener en el mundo. San Francisco fue uno de ellos. Con su “hermana pobreza” y su fe en Dios, creó toda una mística y un renacer religioso que afectó profundamente el catolicismo de su época y dejó una estela de vigor espiritual que continúa a través de los siglos.
Los santos han sido personajes potentes. Un puñado de ellos fue responsable de la civilización de Europa tras evangelizar a las naciones bárbaras que destruyeron el imperio romano. Unos explican su eficacia en función del celo y magnetismo que exhiben personas con fuertes convicciones. Otros por el hecho de que personas especialmente unidas a Dios participan de su inmenso poder y sabiduría. Pero es un hecho empíricamente comprobado que los santos, o por decirlo en forma secular, las personas de excepcional integridad y entrega —Gandhi por ejemplo— han contribuido en forma excepcional a moralizar o mejorar la masa humana..
Decía a propósito, San José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei y cuyo día se conmemoró ayer 26 de junio, que “estas crisis mundiales son crisis de Santos”. Estamos en crisis, o en situaciones graves, porque hay una aguda carencia de santos, es decir, de hombres y mujeres dispuestos a practicar en forma heroica las virtudes en servicio de Dios y sus semejantes.
Así como en economía pueden haber déficits monetarios, en las sociedades pueden existir déficits de personas buenas. Una nación no es solamente una realidad geográfica o política, sino una realidad moral. La ausencia o abundancia de personas leales, sinceras, trabajadoras y honradas, tiene grandes repercusiones en la calidad y posibilidades de su vida colectiva. Una nación constituida por hampones no puede tener una democracia funcional o una institucionalidad cívica y ordenada. Por buenas que sean sus leyes, la maldad circundante las convertirá en papel mojado y hará que reine la ley de la selva. La civilización requiere de un mínimo de ciudadanos con cierto nivel ético o moral y para que esto ocurra se necesita a la vez de algunos individuos con virtudes excepcionales. A través de su ejemplo contagioso, ellos actúan como fermento que mejora y transforma la masa humana.
Esta fue precisamente una de las aspiraciones centrales de San José María; transformar el mundo haciendo prender en todos los cristianos el afán de santidad. “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mt. 5,48). Este llamado universal a la santidad adquirió con este santo español una nota novedosa: para ser santo no se necesitaba tomar los hábitos o irse a las misiones; el laico podía —y debía— hacerlo desde su lugar su profesión u oficio, cultivando su piedad y formación religiosa y esmerándose en realizar su trabajo con ánimo de perfección. Tampoco se necesitaba ser especial; Dios podía obrar el portento de la santidad en las personas más débiles e ineptas si se le entregaban con docilidad. Con la visión de ayudar a los laicos a alcanzar la santidad en la vida ordinaria, José María Escrivá fundó el Opus Dei en 1928; si la raíz de estas crisis son la falta de santos, la solución está en que se multipliquen.
A veces nos lamentamos del estado de postración moral y política en que nos encontramos y buscamos la salida donde no está; en fórmulas económicas o sociales o en mesianismo seculares; “la dictadura del proletariado”, “El socialismo del siglo XXI”, “El capitalismo democrático o la economía de mercado”. Independientemente de la importancia, mérito o defectos, que puedan tener diversos arreglos institucionales, nos olvidamos que un ingrediente esencial de la sociedad es la calidad humana de los hombre y mujeres que la constituyen. Si esta se encuentra caída, es necesario un puñado de personas que estén dispuestas a dar lo mejor de sí. ¿Podríamos imaginar el impacto que tendría una sociedad con centenares o miles de personas seriamente afanadas en alcanzar los más altos niveles de bondad? No se necesitan muchos. Unos pocos, pero muy determinados, pueden cambiarlo todo. Detrás de ellos hay un poder excepcional.
El autor fue Ministro de Educación y rector de Ave Maria College.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A