Celebramos hace poco el día de la madre y pronto celebraremos el del padre. Pero esta vez no habrá las mismas muestras de afecto que se tributan a las primeras. La causa la entendí al presenciar algunas promociones de bachillerato en los colegios públicos. Aunque la costumbre es que los bachilleres marchen del brazo de sus madres y las bachilleras del de su padre, a la hora del desfile, mientras la casi totalidad de aquellos iban con sus madres, menos del veinte por ciento de estas lo hacían con sus padres; en su lugar iban su madre, hermana o abuelita.
La mayoría de los nicaragüenses crece sin la presencia de su padre biológico. El padre fue el semental que desertó a otros lares. En algunos casos se acordó de la prole, en la mayoría de los casos no: ni dinero, ni regalos, ni regaños, ni elogios, ni llamadas por teléfono. Ausencia total. En otros hogares hay padres, pero sus afanes económicos o sociales no le dejan tiempo para relacionarse con su mujer e hijos. Decía a propósito Madre Teresa de Calcuta: “Hoy todo el mundo da la impresión de andar acelerado. Nadie parece tener tiempo para los demás: los hijos para sus padres, los padres para sus hijos, los esposos el uno para el otro. La paz mundial empieza a quebrarse en el interior de los propios hogares”.
Las ciencias sociales han refrendado estas palabras. Son innumerables los estudios que comprueban la importancia del padre en el desarrollo psicosocial de los hijos(as). Aquellos que han disfrutado de su presencia activa tienen mejores índices académicos y salud mental, mientras que los privados de ella sufren una incidencia mucho mayor de patologías sociales-delincuencia, suicidios, deserción escolar, etc.
Que esto sea así es natural. El ser humano está supuesto a ser criado bajo la tutela de un padre y una madre. Ambos le son necesarios. Sus diferencias —que son biológicas y temperamentales— hacen que se complementen y formen una sociedad óptima para la reproducción de la especie.
Esta verdad ha sido oscurecida por los proponentes del feminismo radical y de los matrimonios homosexuales; ellos adversan la idea de roles diferenciados para el hombre y la mujer y creen que los niños solo necesitan de uno o dos adultos. Es cierto que hombre y mujer pueden desempeñar los mismos roles y que la ternura no es privativa de la madre, ni la valentía del padre. Pero la eficacia de los cónyuges es mayor cuando asumen aquellos roles que tradicionalmente han sido asociados con las fortalezas o inclinaciones naturales (no todo es aprendido) de su sexo.
Dentro de los roles paternos hay tres de suma importancia para la salud familiar y que deberían rescatarse y enseñarse: los de proveedor, protector y líder. La responsabilidad primaria de proveer lo necesario para el sustento de la familia no es de la madre sino del padre. La maternidad es absorbente y la mujer la desempeña mejor cuando el sudor del marido procura los bienes necesarios. Estos incluyen tanto los materiales como los culturales y espirituales.
Proteger a la familia ha sido también, a través de los siglos, un rol asumido por el cónyuge varón. La tradición de “mujeres y niños primero”, a la hora de salvar las víctimas del naufragio, es manifestación de esa disposición. El buen pastor da la vida por sus ovejas y es vigilante ante los peligros materiales y morales que las acechan. El que no vigila lo que sus hijos ven por televisión, expone a sus hijos a venenos espirituales más graves que los físicos.
El liderazgo se refiere el asumir con firmeza la responsabilidad mayor por la navegación del hogar y el deber de guiar y disciplinar a los hijos. Esto implica establecer metas y saber exigirlas, así como suministrar modelos de comportamiento. Contaba Juan Pablo II, que uno de los recuerdos más imborrables de su infancia fue presenciar la piedad con que oraba su padre. El verdadero líder es el que logra convencer, no por su palabra persuasiva sino por la coherencia entre lo que dice y hace. Ser buen padre es uno de los retos más importantes del hombre y ver sus frutos, una de las mayores satisfacciones que puede dar la vida.
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