Los seres humanos somos animales políticos, (zoon politicón decían los griegos) para quienes la sociedad es al hombre lo que el agua al pez. Se parte del supuesto que el hombre y la mujer para desarrollarse plenamente requieren de la comunidad política y de su participación en ella.
Los nicaragüenses somos particularmente una nación altamente politizada pero con varios agravantes: un bajo nivel de formación cívica y un desconocimiento dramático de nuestra propia historia, de sus luces y de sus sombras. A la vez poco se conoce la Constitución Política y las principales leyes que nos rigen, lo que permite una manipulación e instrumentalización en beneficio de caudillos que le han provocado un enorme daño a la Patria.
En Nicaragua todos hablamos, pero pocos escuchamos. Exteriorizar nuestros puntos de vista es la tarea más importante en cualquier conversación y aún más si es en una discusión política. Nos es difícil tolerar con paciencia y respeto al otro, mucho menos si es un adversario político. Nuestras debilidades humanas son reconocidas por quienes detentan el poder y manipuladas hábilmente en su beneficio propio. Este gobierno “toca” muy bien las cuerdas más íntimas de nuestra psique colectiva, alimentando no lo más excelso sino nuestras miserias humanas.
Según Sigmund Freud la masa admira a aquel líder que hace lo que a ella le está prohibido hacer en todo sentido.
¿Vamos los nicaragüenses adaptándonos al molde del tirano? Parece que sí.
Día tras día nos imponen nuevas modalidades que transgreden los cánones más elementales del “respeto al derecho, a la moral, a las buenas costumbres” dando paso al abuso de poder, a la corrupción como norma de comportamiento cotidiano.
¿Y el pueblo? Neutralizado cada vez más, viendo impasible la destrucción de su democracia y del estado de derecho. Acostumbrándose a que la arbitrariedad del poder constituido haga lo que quiera hacer. Uno de los últimos malos ejemplos es la conformación de los Consejos Electorales Departamentales, Municipales y Regionales en la que el abusivo y fáctico poder electoral integró a los aliados del partido de gobierno para garantizarse la contabilidad de los votos. Con toda claridad un ardid encaminado a garantizar el fraude a favor de la inconstitucional candidatura del actual titular del poder ejecutivo.
¿De qué sirve hacer elecciones bajo estas condiciones?
1. Daniel Ortega teme más a los votos que a las balas. Lo demuestra preparando desde ya el fraude institucional que intenta burlar la voluntad mayoritaria del pueblo nicaragüense. ¡Nuestra respuesta debe ser participando, no absteniéndonos!
2. Daniel Ortega por su formación marxista desprecia la democracia pero la tolera siempre que sea a su favor, para lo que cuenta con colaboradores necesarios.
3. Daniel Ortega no nos dará ni democracia ni libertad pues sabe que en esa misma medida el pueblo irá rechazándolo.
4. Es una exigencia y un deber político y moral de todo nicaragüense consciente enfrentársele y derrotarlo por medios cívicos. No son las armas la fortaleza de una población que ya entregó una cuota muy alta de sangre por una Patria Libre para vivir en ella, no para morir.
Y, muy a propósito de la palabra confianza, manipulada por el actual titular fáctico del Consejo Supremo Electoral (CSE), recordemos que la confianza es la esencia misma de una política democrática, la ausencia de ella resiente hasta los cimientos el edificio institucional que construyen los detentores de la soberanía popular mediante la delegación del poder a sus representados. En rigor, el supremo rito del sufragio es uno de los más sublimes actos de confianza que los ciudadanos puedan llevar a cabo.
¿Es esto lo que viviremos el 6 de noviembre de este año? De nosotros depende.
Ver en la versión impresa las páginas: 5 A