Raul y Velia Obregón
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En nuestra columna de la semana pasada afirmábamos que “en la actualidad los valores y características de una familia a como debe ser, cada vez son menos evidentes por diversos factores, la observación y las estadísticas indican que la familia está siendo seriamente golpeada por el mal de la desintegración”.
La desintegración no respeta raza, religión, color, clase social, clase económica, nacionalidad, preparación académica, etc. La desintegración familiar es un mal que está causando estragos en la sociedad.
La desintegración familiar trae consecuencias negativas a las familias, tanto en lo espiritual como en lo material. Como producto de este mal el amor, la paz y la armonía desaparecen de las familias.
La falta de amor genera vacíos, y las personas tratan de llenarlos de diversas formas, y en la mayoría de los casos de manera equivocada, tales como: rebeldía, delincuencia, pandillas, alcoholismo, drogadicción, violencia intrafamiliar, vagancia, en fin, todo tipo de actitudes y comportamientos destructivos que tienden a degradar al género humano.
Por otra parte, la era moderna impone un ritmo de vida en donde se privilegian los logros materiales por encima de los espirituales. En estas circunstancias las personas se afanan y se concentran en el trabajo, provocando que haya menos tiempo para la familia.
Contradictoriamente, quienes ponen el trabajo en el primer nivel de prioridad, que pareciera ser la mayoría, argumentan hacerlo por amor a la familia a los hijos, sin embargo, esto los lleva a ser padres ausentes y a provocar situaciones de desintegración de la familia.
Una de las quejas más generalizada entre las parejas, y de los hijos hacia los padres, es falta de atención, que por lo general es causada por el afán para la generación de bienes materiales.
Es importante llamar la atención y abordar con todos los recursos disponibles el problema de la desintegración familiar. A buscar y enfrentar la causa de muchos problemas sociales en la familia y no en la calle, creemos que en la calle se manifiestan los efectos, pero las causas están en la familia.
Una de las primeras acciones que debiéramos tomar es poner en marcha un proceso de reordenamiento de las prioridades para la familia, que debiera ser: Dios en primer lugar; la Familia en segundo lugar; el Trabajo en tercer lugar y la actividad religiosa y social en cuarto lugar.
Si ponemos en práctica este reordenamiento, paulatinamente iremos viendo frutos, y uno de los primeros será que de padres y/o esposos ausentes, nos iremos transformando en padres y/o esposos presentes, que seremos actores principales de lo que acontece en nuestra familia y estaremos poniendo nuestro grano de arena para tener una familia sana y por ende una sociedad sana.
Una prestigiosa estación de radio, difunde el eslogan: “La culpa no es de los que se equivocan, sino de los ausentes”, eslogan que es perfectamente a la familia y a la sociedad.
Abrazos y bendiciones.
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