Al terminar la primaria el alumno promedio ha completado más de cinco mil horas de clase. ¿Cuántas de ellas le servirán para la vida y cuántas se las llevará el viento? Myrna Dávila Castellón, en su excelente artículo “Educando para la vida” (LA PRENSA 9,4,2011), recordaba el esfuerzo y tiempo que dedicaba en su niñez al estudio de cosas que parecían innecesarias. “¿Por qué?” se preguntaba ella, “en vez de atiborrar al alumno con asuntos quizá de poca utilidad práctica para él, ¿no se le enseña a resolver los problemas que tiene la existencia humana?” ¿Cómo hacer para que las jóvenes que se gradúan no solo sepan resolver ecuaciones y citar a Darío, sino —como también decía Myrna— sepan los riesgos de casarse con un borracho o mujeriego, o defenderse ante el primer golpe que le propinará un marido machista?
Anualmente millares de jóvenes terminan la secundaria. En las aproximadamente diez mil horas de clase a las que asistieron, más la otra porción de horas que estudiaron, posiblemente aprendieron a memorizar el nombre de muchos de los huesos del cuerpo humano, de algunos gobernantes y de algunos ríos. Y no hay duda de que tales conocimientos tienen cierto valor. Pero ¿cuántas horas —de esas miles— pasó nuestro bachiller aprendiendo el arte de formar una familia? ¿Cuántos bachilleres(as) —de esos miles, salen medianamente preparados para casarse— es decir, con conocimientos básicos sobre las responsabilidades conyugales y materno-paternales?
Algunos podrán pensar que la escuela debe limitarse a formar habilidades laborales. Tal visión estrecha ignora que la escuela es para educar al individuo entero; para formar buenos ciudadanos: socialmente productivos y éticamente responsables. Lograrlo no es posible si las escuelas no contribuyen a transmitir una formación ética y familiar.
Las razones para este énfasis no son solo morales. Ética y familia tienen una gran trascendencia para el desarrollo. ¿Alguien ha calculado el costo real que tiene para una sociedad la falta de educación ética? ¿o el daño social, laboral y nacional que causan trabajadores o propietarios ladrones? ¿Qué daño sobreviene a una nación cuando culturalmente el robo es aceptado y ladrones llegan al poder con apoyo popular? La correlación entre índices de corrupción y atraso es un dato que nadie disputa. Gran parte de nuestro atraso como nación tiene su origen en nuestro subdesarrollo ético. Este ha sido abono de dictaduras, guerras y el sinfín de conflictos políticos que han dañado tanto al país.
Igual podríamos preguntar sobre la familia. ¿Alguien ha calculado el costo social y económico que tiene la desintegración familiar, la estela de costos, dolores y vidas tronchadas que dejan las relaciones sexuales irresponsables y el abandono paterno? Un estudio en norteamérica (“The Divorce Revolution,” Weitzman, 1986) encontró que las mujeres divorciadas y sus proles experimentan en promedio un bajón del 73 por ciento en su nivel de vida en el año subsiguiente a la separación, mientras los hombres experimentan un incremento del 42 por ciento. Estadísticas similares no existen para Nicaragua, pero es obvio que cuando el hombre abandona a su mujer y prole —cosa en la que incurren ¡más de la mitad de todos nuestros padres!— la madre sufre grandes penalidades económicas y queda con la carga de los hijos, mientras el macho se escapa alivianado a otros lechos.
Otra de las conclusiones más robustas de las investigaciones sociológicas es cómo los hijos de familias unidas y disciplinadas tienen mejor rendimiento académico que las disfuncionales. La inversión en educación es más rentable cuando la reciben estudiantes de hogares estables —lo que implica que uno de los factores que hace más ineficiente el gasto educativo es la desintegración familiar. La superioridad académica de los estudiantes chinos, como explicaba en mi artículo “Madres Tigres” (LA PRENSA 21,3,2011) tiene todo su origen en la calidad y exigencia de sus familias. Lo mismo puede inferirse del desarrollo asombroso de países como Singapur, Corea y Taiwán. Uno de los ingredientes de la compleja sopa del desarrollo han sido sus numerosas familias fuertes y disciplinarias. La responsabilidad de la educación no es solo de los ministerios sino de los padres de familia.
Myrna Dávila Castellón ha puesto el dedo en la llaga: no basta hablar de educación, sino especificar qué clase de educación es necesaria para una Nicaragua mejor.
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