Humberto Belli Pereira

Resurrectis

En la mayoría de las películas el bien termina derrotando al mal: los buenos triunfan sobre los malos y los héroes son normalmente personajes justos. Tal desenlace es lo que complace a las audiencias. Dificilmente encontraremos guiones cinematógrafos donde al final ganen los malos y menos audiencias que lo aplaudan. En la raza humana parece estar bien inscrito el anhelo de que triunfe la bondad; que la verdad prevalezca sobre la mentira, la justicia sobre la injusticia, y la vida sobre la muerte.

En la antigüedad los griegos desarrollaron el mito del ave fénix, la cual moría pero resurgía de sus cenizas en todo su esplendor. Era una expresión del constante anhelo humano de trascender la destrucción y renacer. Con el cristianismo surgió la Pascua como la celebración del triunfo de Dios hijo sobre el demonio y la muerte. Cuando parecía que todo estaba perdido, que el poder de las tinieblas había asestado el golpe definitivo al ungido de Dios, este resucita glorioso. La teología cristiana es profundamente optimista: en la batalla épica entre las fuerzas del mal y las del bien, este vence. Aunque no es una victoria fácil. Hay que pasar, como dijera Churchill al pueblo inglés al inicio de la segunda guerra, por la etapa de “Sangre, Sudor y Lágrimas”, pero al final del túnel espera sonriente la victoria. Quien se pega a Dios, quien confía en Él, no puede perder.

La visión optimista de la vida; la fe en la victoria final del bien, ya sea en su versión secular o religiosa, son una de las fuerzas más constructivas e importantes en la historia de los hombres y los pueblos. El ánimo positivo, los pensamientos de victoria, el pensar que uno puede superar los males, son ingredientes indispensables de la salud y superación de individuos y colectividades.

Detrás de todo triunfador hay un optimista y detrás de todo fracasado un pesimista. El optimismo infunde ánimo; es la energía que permite resistir las horas oscuras porque nos hace avizorar la luz. El pesimismo, por el contrario, desalienta; es la voz que en la intimidad trata de convencernos de la futilidad de los esfuerzos y de nuestra incapacidad. El optimismo y el pesimismo son profecías que se autorrealizan. Quien pelea pensando que va a ganar, pelea con más tesón que el convencido que va a perder.

El optimismo en una población puede realizar portentos. Pablo Antonio Cuadra se refería al “fabuloso optimismo del pueblo norteamericano”, una de cuyas expresiones emblemáticas fue Walt Whitman. Su poesía expresó y contribuyó a cimentar esa fe en la invencibilidad que explica mejor que muchas teorías políticas o económicas, gran parte de los triunfos acumulados por dicha nación en su relativa corta historia.

Alimentar el optimismo —la fe y la esperanza en el poder y la victoria del bien— es, además de un insumo muy beneficioso para quien lo practica, un deber de caridad para con los demás. El optimismo, igual que el pesimismo, es contagioso. Una persona optimista y por ende alegre, alegra y levanta el ánimo de las personas que lo tratan. Una persona pesimista y por ende triste, entristece y desanima su entorno. El pesimismo es nocivo y es aliado del mal. La vida es lucha y para luchar bien se requiere de ánimo. El pesimismo lo carcome. El mejor aliado de los enemigos del hombre —tanto a nivel personal como político— es el desánimo. Una persona pesimista es pasto fácil de los vicios y fracasos. Una nación pesimista es fácil pasto de los tiranos y el estancamiento. Rubén Darío, desde América Latina, tronaba por eso en su Salutación del Optimista , diciendo: “Abominad la boca que predice desgracias eternas, abominad los ojos que ven solo zodíacos funestos”.

El optimismo hunde sus raíces en la convicción de que la creación y la vida prevalecen sobre la destrucción y la muerte —si no fuese así no existiríamos— y en la fe gozosa del creyente, de que después de Viernes Santo es Domingo de Resurrección.

El autor es sociólogo y fue ministro de Educación 1990-1998.

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