A ún retumba la réplica del papa. Parece oírse extendida por el eco beatífico: “Silencio. La primera que quiere la paz es la Iglesia”.
No pude medir desde el lugar donde se produjo el episodio el volumen del tono inusual en un pontífice, alterado por la insolencia premeditada, pero sí en ocasión posterior personalmente comprobar la presencia espiritual de Juan Pablo II en Los Ángeles, California, luego de haber pasado por un irrespetuoso recibimiento en San Francisco en el año 2000 en uno de los 114 viajes apostólicos que realizó en 130 países.
Managua y Los Ángeles se hermanaron para enmendar con la bienvenida adecuada las durezas cometidas respectivamente en nuestra capital y en la localidad no tan franciscana con sus emblemas disolutos.
La estancia papal en Los Ángeles estuvo caracterizada por el respeto. Los actos tomaron el giro solemne que acompaña a estos itinerarios excepcionales. No repercutió la mengua de las piadosas fricciones entre el soberano del Vaticano y sectores de la Iglesia católica en Estados Unidos.
Presenciamos la entrevista constructiva entre él y sus interlocutores en campo abierto, la molestia provocada por la diferencia en criterios sexuales. La respuesta se redujo al ámbito del cónyuge bendecido en el altar por el sacramento del matrimonio, escueta la exploración sobre las madres marginadas por no haber asistido a la ceremoniosa imposición de las manos, no porque ellas las hayan renegado sino por las circunstancias distintas de cada destino. El rebaño, ansioso de nuevas también le tocó la posición de los laicos y de las mujeres. La referencia fue volátil. Según el criterio papal planteado debían circunscribirse a los aspectos seculares y políticos.
La apertura del abanico cuando el beato estaba ahí, constituyó la mejor oportunidad para afianzar con símbolos latentes la liberalización de ataduras congruentes con la rigidez del pasado, pero con un distinto enfoque sobre todo cuando se llega por primera vez a una sociedad múltiple e incoherente. Sin embargo se repitieron conceptos que ya habían profundizado la distancia entre dos conglomerados..
Recordamos aquellos tiempos superados en que los hijos de las parejas no casadas “por la vía de la Iglesia católica” eran amancebados. No podían por lo tanto tener la mínima opción de educarse en colegios religiosos de curas o de monjas. Estaban estigmatizados, excluidos de la posibilidad de poner las sandalias sobre las alfombras lustradas del Seminario.
El mensaje fue restaurador en el caso del aborto que copó las páginas de la homilía. Su pronunciamiento sobre ese ejercicio cruel, ofrendado en el ejercicio de las facilidades. Coincidió con el principio elementalmente humano de calificarlo como “un asesinato pleno”. Millones de seres humanos comparten el discernimiento de darle dimensión criminal a todo aquel acto que destripa una vida por mucho que esta sea un minúsculo e invisible germen.
El ataque pontificio al aborto solo encontró la mínima posición consignada desde San Francisco por homosexuales y lesbianas. Lo cierto es que los temas proclives a ensanchar la disparidad, fueron incesantemente abordados en la ocasión que resucita la memoria por alcanzar dentro de los diversos niveles y características que tuvieron las giras con temas en concordancia con el vivir interno y ancestral de las latitudes tan híbridas del planeta. Dichos con valentía en el centro de la disidencia con el ánimo de la rectificación…
Nada de lo anteriormente expresado menoscaba el besamanos papal, la visualización de la imagen justamente elevada a la categoría de beato para beneplácito de la humanidad viviente. Venerado y venerando.
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