Se realizó, hace pocos años, en Cartagena de Indias un seminario iberoamericano en el que se denunció que militantes de Al Qaeda y grupos belicosos y delincuenciales de América Latina se habían reunido para planificar acciones conjuntas.
Esos contactos iban hacia la estructuración de una red terrorista en Latinoamérica que estaría siendo infiltrada por la siniestra agrupación de Osama bin Laden. Las demostraciones más bárbaras de lo que son capaces de hacer estos fanáticos fueron los increíbles ataques suicidas que perpetraron a las Torres Gemelas, aquel sombrío 11 de septiembre.
No es sensato subestimar el odio y los impulsos de destrucción que caracterizan a estos fundamentalistas que preconizan la guerra santa contra Occidente, alentados por rabiosos clérigos que ofrecen el paraíso a los criminales. Estas despreciables prácticas las llevan a cabo incluso mujeres, dentro de esa perversa corriente de muerte y fanatismo desbocados.
México, los países centroamericanos, otros en América del Sur y en el Caribe, como Venezuela (Isla de Margarita) o la frontera entre Chile y Perú, además de la Ciudad del Este, donde confluyen Brasil, Argentina y Paraguay, estarían en las principales miras de los extremistas islámicos. Buenos Aires ya sufrió dos atentados devastadores.
Estos antecedentes se relacionan con informaciones de prensa que dan a conocer la detención, en Quito, de más de 60 ciudadanos paquistaníes y de Medio Oriente; 6 de ellos han sido extraditados a los Estados Unidos por tener nada menos que alerta roja de la Interpol, supuestos nexos con Al Qaeda. Hay justificado hermetismo de las autoridades policiales ecuatorianas, alrededor de estos hechos nada tranquilizadores.
El Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas recientemente advirtió que dos afganos, considerados de alta peligrosidad por la interpol, estarían intentando llegar a territorio hondureño —cuyas autoridades han tomado las oportunas medidas del caso— y a otros países de la región. El objetivo sería establecer alianzas con pandilleros, narcotraficantes y más sujetos de mal vivir.
Los vínculos de Al Qaeda con las FARC no son ningún secreto; con amplia documentación fueron denunciados por Luis Alberto Villamarín, en su libro Narcoterrorismo (Ediciones Nowtilus, Madrid, 2005). Si se analiza la silenciosa y comprobada penetración de los bandoleros colombianos en territorios de Ecuador, Venezuela, Panamá, Perú y Brasil, junto a las intenciones ciertas de afianzarse en América Central y el Caribe, el asunto cobra inquietantes proporciones. Recordemos que en México llegaron a tener hasta una oficina.
Frente a la amenaza del terrorismo en nuestro continente es imprescindible no bajar la guardia e intensificar los recíprocos nexos de colaboración entre países, para, en conjunto, prevenir macabras sorpresas y neutralizar a este palpitante riesgo de naturaleza global.
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