Una de las lecturas de esta Semana Santa recién pasada contiene un interesante intercambio entre Pilatos y Cristo. En repuesta a la indagatoria sobre cuál era su misión Cristo respondió que era dar testimonio de la verdad. Pilatos, en una forma que podemos asumir despectiva, le preguntó entonces: “¿Y qué es la verdad?”, y sin esperar repuesta —pues para él no la había— dio la vuelta y siguió hablando con los judíos. El detalle, captado en el Evangelio de Juan, revela un dato muy importante de Pilatos: su relativismo. Al igual que muchos de sus contemporáneos de la antigua Roma, él creía absurdo hablar de la verdad como si existiese una sola, o como si pudiese tener valor universal, es decir, validez para todo el mundo y para todos los tiempos.
Dos mil años más tarde la visión relativista de las cosas es una de las más fuertes del pensamiento moderno. Allan Bloom, en su obra The Closing of the American Mind , decía que si algo distingue al universitario de hoy día es su creencia de que toda verdad es relativa. El poeta de los relativistas podría ser Campoamor: “En este mundo traidor nada es verdad ni mentira. Todo tiene el color del cristal con que se mira”. Ser relativista ha llegado a ser señal de la persona educada, sofisticada y tolerante. Ella no declara nada falso o verdadero. Parece respetar todos los puntos de vista y considerar legítimas todas las opciones morales. “Yo respeto tu verdad, tú respeta la mía”, nos dicen, con un deje que parece abierto y comprensivo. Por el contrario, quienes afirman creer en una verdad sin adjetivos y consideran otras creencias como falsas suelen ser vistos como fundamentalistas, cerrados e intolerantes.
El relativismo encierra, sin embargo, serios peligros o contradicciones. Uno de ellos es que debilita la disposición a defender la justicia y el derecho. Porque si no hay verdad ni mentira, si todo es subjetivo y depende del cristal con que se mira, ¿cómo distinguir lo justo de lo injusto? Para luchar o defender principios se necesitan convicciones fuertes. Y la fuente de dicha fortaleza —que a veces demanda riesgos y sacrificios importantes— procede del convencimiento de que lo defendido es veraz e importante. El relativismo lleva también al permisivismo; a la aceptación de prácticamente todo tipo de conductas —aborto, eutanasia, matrimonios homosexuales, adulterios, etc.—, so pretexto de que cada quien tiene derecho a guiarse por sus propios valores y de que no podemos catalogar algunos comportamientos como morales y otros como inmorales.
Las consecuencias de esta especie de anarquía moral y filosófica ha producido los reparos de líderes y pensadores, tanto seculares como religiosos. Uno de ellos, Sarkozy, actual presidente de Francia: “Desde 1968 no se podía hablar de moral. Nos impusieron el relativismo: La idea de que todo es igual, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, que el alumno vale tanto como el maestro, que no hay que poner notas para no traumatizar a los malos estudiantes. Nos hicieron creer que la víctima cuenta menos que el delincuente. Que la autoridad estaba muerta, que las buenas maneras habían terminado, que no había nada sagrado, nada admirable”. Para el profesor Bloom, el relativismo estaba llevando al cierre del intelecto, pues mataba la curiosidad intelectual al desterrar el concepto de que hay verdades dignas de ser buscadas y vividas. El cardenal Ratzinger, en vísperas de su elección al papado, advirtió sobre “la tiranía del relativismo”. Si la verdad no existe o es imposible conocerla, la razón no tiene ningún sentido como capacidad cognoscitiva. En consecuencia, los conflictos de intereses no se dirimirán a favor de quien esgrime las mejores razones, sino del lado de quien tiene la pistola más grande.
Pero quizás la contradicción mayor del relativismo es la que deriva de su propia lógica: la afirmación de que toda verdad es relativa, ¿es absoluta o relativa? Si es absoluta, quiere decir entonces que existen verdades absolutas —al menos esa— y si es relativa, quiere decir que no siempre es verdadera.
Por eso tiene más sentido que la frase de Campoamor la proferida por el también poeta Antonio Machado: “Tu verdad? No. La verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.
El relativismo debilita la disposición a defender la justicia y el derecho, porque si no hay verdad ni mentira, si todo es subjetivo y depende del cristal con que se mira, ¿cómo se podría distinguir lo justo de lo injusto?
El autor es sociólogo y fue ministro de educación 1990-1998
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