Stabat Mater dolorosa Iuxta crucem lacrimosa, Dum pendebat filius. Cuius animam gementem Contristantem et dolentem Pertransivit gladius.
O quam tristis et afflicta Fuit illa benedicta Mater unigeniti Quae maerebat et dolebat. Et tremebat, cum videbat Nati poenas incliti .
(Traducción literal)
Estaba la Madre dolorosa junto a la Cruz, llorosa, en que pendía su Hijo. Su alma gimiente, contristada y doliente atravesó la espada.
¡Oh cuán triste y afligida estuvo aquella bendita Madre del Unigénito! Languidecía y se dolía la piadosa Madre que veía las penas de su excelso Hijo.
Con esta plegaria benedictina del siglo XIII atribuida a Inocencio III y al franciscano Jacopone de Todi meditación entorno al sufrimiento de María, durante la crucifixión y que los artistas de todos los tiempos han convertido en canto y lienzo, quería comenzar este pequeño ensayo.
María unida en el dolor al hijo en el calvario, las dos figuras que sobresalen en la pasión. Jesús: en los Nazarenos, los Crucificados, Santo Entierro. María: La Dolorosa, la Virgen de la Soledad, la Piedad y los Misterios.
La Dolorosa: que tiene como prototipo La Macarena de Sevilla, imagen que se remonta a los 1670, que sale en la tradicional madrugada del Viernes Santo junto con nuestro Padre Jesús de la Sentencia, que muestra un rostro de belleza de una adolescente, una expresividad insólita, llena de lágrimas, tiene sus representaciones en la imaginería criolla.
En San Felipe, la iglesia emblemática de la Semana Santa leonesa, existe una Dolorosa que empieza a salir el Viernes de Dolores con el Señor de la Reseña, lo vuelve a acompañar en su procesión del Lunes Santos, vuelve a salir el Viernes Santo en el Vía Crucis de la mañana, y termina su periplo en la Vuelta Dolorosa el Sábado Santo.
Esta imagen, que tiene su origen en la administración del padre Jarquín, posee una cara de dolor y unos ojos abiertos que dejan al espectador anhelante. Cuéntase que don Liberato Salazar padre de dos ilustres prelados, Liberato y José Francisco Salazar Aguado, en la tradicional vela de la Reseña el domingo de Ramos en la noche, acostumbraba decirle a sus hijos “Vamos a saludar a la bisabuelita” y dirigía a los niños ante la Dolorosa.
Una señora Salazar de rostro joven y bello murió quedando con los ojos abiertos, San Felipe en ese tiempo no poseía una Dolorosa para acompañar a sus Nazarenos, al mirarla el padre Jarquín corrió donde el escultor y le dijo: “Vaya a ver a la muerta, así quiero a la Dolorosa” desde ese acontecer, el rostro de la Dolorosa se repite a lo largo de las generaciones de la familia Salazar y sus ramificaciones, los Pereira, Delgadillo, Montealegre; se repitió en Esmeralda y Lidia, luego en Olga, Haydée y Rosa Virginia, hoy vuelve a parecer en Silvia Elena.
En la Catedral de León, junto al famoso Cristo de Pedrarias, está una imagen de María que tiene sus manos juntas, su rostro lleno de sufrimiento, y un color amarillento producto no sé si del tiempo o del artista que la realizó. Es una soledad, sola junto al hijo. Nuestra señora de la Soledad, su traje es de negro riguroso y el blanco lo lleva en el corpiño de su pecho y en el pañuelo que cubre sus manos. Esta imagen de la Escuela Guatemalteca venida a León posiblemente en el siglo XVII según el padre Mínguez sacerdote escolapio, hay que contemplarla para profundizar el misterio cristiano expresado iconográficamente.
En el Santuario de Nuestra Señora de la Concepción de El Viejo, hay una Soledad de tamaño natural que impresiona, su rostro es de una mujer joven, de traje negro con la blusa blanca; sus manos juntas en actitud de ruego, remata su rostro un bello resplandor de plata, y en medio un pequeña piedra que parece un rubí. Para el Viernes de Dolores le cambian su resplandor y lleva uno tachonado de estrellas de plata dorada, lo mismo su vestido; ese día viste de rojo, azul y blanco. El Viejo tiene sorpresas además de esta bella imagen, su Nazareno con rostro de niño, un Señor del Triunfo con sandalias de la Escuela Guatemalteca y su Cristo Negro traído del Perú, que arribó al puerto de la Posesión de El Realejo en 1626 bajo la custodia del Provincial de la Ciudad de los Virreyes. Es el único Cristo de Ébano Negro, que tiene Nicaragua.
Pero si Occidente tiene sus joyas, Oriente no se queda atrás. En la iglesia de la Merced de Granada hay un tesoro, una Virgen de la Soledad de alabastro, la única imagen de ese mineral que yo conozco, una verdadera reliquia como la virgen de marfil de la Catedral de León. Dicha imagen fue un obsequio que recibiera dicho templo, según el presbítero Mario Bernabé Campos Bordas, Santo y sabio sacerdote: “Esta venerable imagen de especial belleza, con el más profundo y silenciosos dolor impreso en sus rasgos, es esculpida en alabastro con rasgos al óleo en su rostro y manos.
Sobre el bastidor de madera que elaboró el escultor granadino Francisco Mayorga a finales del pasado siglo.
El presbítero Campos refiere que esta imagen fue obsequio al templo de Nuestra Señora de la Merced, de Granada-Nicaragua, junto con el Nazareno del Gran Poder, por el oidor Eduardo de Arana a finales del siglo XVIII.
Muestra sobre su cabeza, un hermoso resplandor elaborado en plata en su color y sobredorado en el pecho, siete dagas o puñales, también en plata dorada, que representan los siete dolores de María”.
En la parroquia de Santiago de Jinotepe, en solo la entrada de la puerta principal conocida por los jinotepinos como Puerta del Perdón, a mano izquierda, hay una pequeña capilla que contiene una Dolorosa, excepcional, posiblemente sin temor a equivocarme, la más bella de toda Nicaragua, sus facciones muy finas, reflejan una joven mujer de unos veinticuatro años llorando, con colores propios de fínales del siglo XIX, en madera policromada, corpiño blanco, rebozo azul, túnica roja. Es una imagen española, tallada por Celestino García Alonso en Madrid en el año 1896. Una espada atraviesa su pecho, no tiene resplandor, está coronada por un simple aro, en realidad es bella, muy bella, ¡hay que verla!
Esta imagen nunca sale de la Iglesia, siempre está en su capilla, en su pedestal tiene dos querubines: el primero con dos clavos y corona de espinas. El segundo con una cruz, lanza y un clavo. La peaña contiene una imagen de la Santa Faz.
Y por último La Piedad, la obra cumbre de Miguel Ángel Buonarotti, que esculpiese en plena juventud a sus 24 años. Cuando la vi en San Pedro del Vaticano caí de hinojos, en medio de los cientos de flash de las modernas cámaras digitales, no pude resistir el peso de su belleza. La Piedad, La Sixtina y la timidez y sabiduría de Benedicto XVI, fueron las tres cosas que más me impresionaron de ese viaje a Italia que el Señor y mi esposa me regalaron.
María joven, bella y piadosa, sostiene en sus brazos maternales al hijo muerto. ¡El Cordero Pascual, el que quita los pecados del mundo!; que intencionalmente aparenta mayor edad que la madre. La juventud de la Virgen, que sobresale y que al ser presentada al público hizo exclamar al propio Miguel Ángel: “que el contraste de edades se debía a la virginidad que es fuente de eterna juventud”, o como dice un autor: “es muestra del idealismo renacentista: se trata de representar el ideal de belleza y juventud, una Mater Dolorosa eternamente joven y bella… ”
Vasari dice de ella: “es una obra a la que ningún artífice excelente podrá añadir nada en dibujo, ni en gracia, ni, por mucho que se fatigue, en poder de finura, tersura y cincelado del mármol”.
María la Dolorosa, Virgen de soledades, junto al madero de la Cruz, en el Calvario. María junto al hijo, sintiendo en su corazón y sus entrañas toda la pasión de nuestro Señor Jesús. Ante los latigazos y las caídas, ante los escupitajos y la corona de espinas, ante las tinieblas de las doce del día a las tres de la tarde, ante la amargura del vino y la hiel, ante el dolor de la herida en el costado. Ante el sentimiento de soledad absoluta que lo hace exclamar como el Salmista: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo: 27-46-47). Ella y el Hijo, viviendo y muriendo en el Gólgota. Por eso es llamada por la iglesia “Mater Dolorosa. Corredentora del género humano”. “Madre e ahí a tu hijo. Hijo e ahí a tu Madre” (Juan 19-26-27).
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