Domingo/La prensa/Manuel Esquivel

Papi riiicooo…

¿Qué sentirán? ¿Cómo reaccionarían? ¿Qué tal si ahora soy yo la que los piropea? Martillaron preguntas en mi cabeza luego que un hombre en la calle me dejó claro su morbo sexual, mientras sacudía “el paquete” como él mismo llamó a sus genitales. Un patético intento de piropo en el que parecía un caballo en celo relinchando frente a mí mostrando sus “dotes”.

¿Qué sentirán? ¿Cómo reaccionarían? ¿Qué tal si ahora soy yo la que los piropea? Martillaron preguntas en mi cabeza luego que un hombre en la calle me dejó claro su morbo sexual, mientras sacudía “el paquete” como él mismo llamó a sus genitales. Un patético intento de piropo en el que parecía un caballo en celo relinchando frente a mí mostrando sus “dotes”.

Dejé de ser presa, para atacar como ellos lo hacen y cazar hombres al estilo de los “hombres”. No es tan fácil fingir morbo. No lo logré, pero me esforcé. Y no por desear experimentar esa explosión de testosterona que golpea el aire y la integridad de cualquier mujer cuando un grupo de hombres le silba, la piropea o le lanza vulgares propuestas sexuales, sino porque deseaba saber cuál sería su reacción si se invirtieran los papeles.

Me desnudé de vergüenza y salí con la máscara del descaro. Ahora más que nunca creo que solamente el más primitivo instinto de seducción pudo haberme ayudado a arrojarme en las calles y piropear a diestra y siniestra. (Ni tan diestra en la materia, ni tan siniestra en la ejecución).

Trato de pensar y funcionar como ellos. Están los que como tiburones lanzan mordiscos a la hembra, los que se atreven a toquetear. Los que parecen machos de anaconda, que al percibir el aroma de la hembra se abalanzan en piñas sobre ella. En grupos se comportan como tal. Tan complicado, variado y parecido al reino animal.

Hay un grupo de jóvenes en una esquina en la periferia del centro de Matagalpa. Los observo desde lejos y cuando el vehículo está lo suficientemente cerca lanzo un sonoro y largo beso que los desconcierta. Se miran entre sí, me ven con asombro y ríen. Habrán creído que era una broma.

Debo tomar más en serio mi papel. Un hombre está desprevenido en la parada de autobuses. Asomo la cabeza por la ventana del vehículo, le lanzo un beso y sonrío. El hombre no supo que hacer, parpadeó rápidamente como para salir de la confusión. “Sí señor, fui yo y ese beso era para usted”, trato de decirle con la mirada y una sonrisa coqueta. Miro por el retrovisor y el hombre se ríe solo. Mi cara hierve de vergüenza.

Es fácil piropear de lejos. Te da seguridad, no hay riesgo de que te reconozcan y es poco probable que te sigan el juego. Un beso, un saludo y un “papi riiicoooo” fallido. Practiqué mil veces. Distintas entonaciones y variaciones de voz como si de un recital se tratara. Al final de cuentas en el reino animal el cortejo es tan o más importante que el mismo acto sexual, pero muchos parecen haber borrado el dato de su ADN.

Tammy Zoad Mendoza
Periodista
LA PRENSA/ ARCHIVO

Quizá necesitaba un poco de motivación. Una población masculina numerosa y variada, y operar en una zona donde nadie me conociera. No creo que un hombre sensato y con un mínimo de educación le silbe a diario a su vecina, piropee a la amiga de su hermana o de su hija o le exprese sus deseos sexuales a su jefa en el trabajo.

Seguí su código. Avancé por Altamira hasta llegar a una universidad, hice un par de contactos visuales pero no se trataba de eso.

El coqueteo femenino es sutil, sensual, invita. Pero el piropo callejero es directo, sexual, posee. Aún quedan algunos con habilidad y encanto para hacer sentir o decirle a una mujer, de manera educada e ingeniosa, lo atractiva que es o lo bien que se ve. Quizá ellos sí sepan que piropo viene de “ pyros”, sustantivo griego de fuego, que evoca la explosión del arte de la seducción.

Lancé besos a motociclistas que sorprendidos tambalearon en sus dos ruedas, mientras un par quiso girar a buscarme, pero el pesado tráfico de la tarde me salvó. A un taxista le tomó un par de minutos reaccionar y luego de avanzar tres metros se detuvo. Huí de manera sutil.

Arrojo besos a un individuo que está en la entrada de un centro comercial. Casi saco la mitad del cuerpo en el impulso y el tipo ni se enteró que era con él. Desperdicié un sugestivo “adiós amor” con un atractivo joven que pasó rápidamente a mi lado. Si no fuera tan despistada o no hubiera estado nerviosa, quizá habría notado antes que llevaba puestos un par de audífonos. Demasiada progesterona en el aire para un solo día.

El piropeo individual es válido, pero en grupo parece adquirir valor. Como leones que marcan su territorio con orina. Según Esther Forgas, catedrática española y experta en el tema, los hombres piropean en grupo como una necesidad de expansión, para lucir su masculinidad frente a otros hombres. Lo intenté. Con la noche a cuestas, me valí de la compañía de una amiga para recorrer una transitada avenida de Managua y otra universidad.

Ahora, además de luchar contra mi propia vergüenza, debía controlar las carcajadas nerviosas de mi acompañante que se alejaba de mí cuando yo “enamoraba”. Un par de universitarios respondieron a mis coquetos saludos, a otros no parecieron importarles mis silbidos y los besos al aire obtuvieron como respuesta más rostros congelados, sonrisas y expresiones de asombro.

Aún no me imagino diciéndole a un perfecto desconocido “lo bueno que está”, aunque lo piense. ¿Miedo, vergüenza o respeto? Las tres, en una sociedad conservadora y con roles de género bien marcados. Pero sobre todo por la educación que he recibido no creo algún día poder agredir verbalmente y de manera sexual a algún individuo.

¡Vaya! Pero tampoco deseo escuchar todos los días como una jauría de hombres me silban, me lanzan besos o sueltan algo parecido al piropo que termina como una denigrante propuesta sexual. Creo que las mujeres que conozco tampoco están dispuestas a tolerar este tipo de cosas.

¿Una condición natural, un impulso o un abuso? Que si siempre nos tiene que gustar que nos piropeen. No. Que si ellos esperan que una mujer se detenga y los bese en plena calle luego de oír su silbido. Absurdo. ¿Qué ganan? No sé. No me sentí menos o más mujer piropeando. Habrá que hacer un censo, darles un par de consejos o plantear lo que nosotras pensamos.

Si les gustó, bien por ellos. En lo particular espero nunca más volver a encontrarme con los tipos a los que lancé besos, que les clavé la mirada como una fiera y les dije un sugestivo hola o adiós o a los que seguí con un silbido por un par de metros. Después de esto me visto otra vez de pudor y le digo adiós al piropo callejero.

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