RIO DE JANEIRO/ AFP
Mónica cayó desmayada al terminar el entierro de su hija Mariana, de 13 años, una de las 12 víctimas mortales de la masacre en una escuela de Río de Janeiro, que fueron despedidas ayer bajo una lluvia de pétalos de flores y el infinito desconsuelo de sus familias.
Una multitud acompañó los tres entierros que se realizaron en el ruinoso cementerio de Murundú, ubicado en la zona oeste de la ciudad. La procesión, sigilosa y ordenada, fue sorprendida por el vuelo de un helicóptero de la Policía Militar que dejó caer las flores. El gesto fue recibido con un emocionado aplauso.
Sin poder decir palabra, Mónica vio cómo el cemento sellaba la placa del nicho 336, donde fue enterrada Mariana Rocha de Sousa, su hija. Terminado el servicio, dio unos pasos y cayó al suelo. “Mónica, vamos, ánimo”, le repetían los familiares, tratando de consolarla. “Ella está ahora con Dios”, agregaron.
A pocos metros, en el nicho 347, fue enterrada Laryssa dos Santos Atanásio, también de 13 años y otra de las víctimas de Wellington Menezes de Oliveira, el responsable de la matanza del jueves en una escuela primaria en Realengo, suburbio popular al oeste de Río.
Conteniendo las lágrimas, su madre la despidió tocando la lápida por unos minutos y perforando el cemento fresco con una rosa blanca. “Ese miserable destruyó nuestra familia. No tiene corazón. Lo que hizo fue horroroso”, dijo consternado Jackson da Silva, padrino de Laryssa, presente en el entierro.
A los servicios asistieron también muchos niños, algunos amigos de las víctimas, otros solidarios con el dolor de los familiares de sus compañeros. La mayoría de ellos vestía el uniforme de la escuela pública: camiseta blanca y pantalón azul.
El secretario de Seguridad de Río de Janeiro, José Mario Beltrame, asistió al evento, así como efectivos de la policía. Cerca de las lápidas se podía ver también a médicos y enfermeros que participaron en las tareas de atención a las víctimas.
Las puertas de la escuela Tasso da Silva, donde se perpetró la matanza, permanecieron cerradas y custodiadas por policías militares.
En un muro que da a una calle de Realengo, los maestros, agrupados bajo el seudónimo de “profesora Las Lágrimas”, dispusieron 12 cruces de madera por cada una de las víctimas. En una pizarra escribieron: “La familia carioca está de luto”.
En el otro extremo fueron colocados doce ramos de flores con una papeleta arriba que tenía el nombre de cada uno de los niños muertos. Los vecinos se acercaron para dejar más flores, mensajes de solidaridad y encender velas.
“Que Dios ampare y les dé fuerzas a las familias de esos niños y jóvenes que ahora descansan al lado del Padre”, decía una de las notas. “Paz, salud, derecho a la vida, libertad: es lo que nos falta para vivir en Río”, seguía.
El silencio, que reinaba en los alrededores, fue interrumpido repentinamente por el llanto de María Magdalena, una anciana de 73 años que no aceptaba la muerte de su nieta, Ana Carolina Pacheco. “Joven, apártese que no puedo ver cuando salga mi nieta”, pidió María, llorando y temblando, en medio de las decenas de periodistas que abarrotaron el lugar.
Brenda Rocha, de 13 años, una de las sobrevivientes de la masacre, se enteró ayer de que su hermana gemela, Bianca, está entre las 12 víctimas mortales del ataque. La niña, hospitalizada por heridas de bala, supo por sus familiares y doctores del fallecimiento de su hermana.
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