Abril escribe con sangre las causas del patriotismo, y en aquel pasado de dolorosas vivencias, los que se inmolaron por comunes ideales se cubrieron de gloria, porque sólo los que luchan en el terreno de la acción saben responderle a la patria cuando valoran su claro concepto. Abril abre la página del calendario para mostrarnos la fecha del suplicio; la época que se asemeja al martirio que Cristo, “el incomparable perdonador de injurias” que murió en el Gólgota cuando por una traición fue entregado por Judas. Pero aquel 4 de abril del 54, en otro período de la historia, aconteció un siniestro episodio con una sádica matanza donde fueron asesinados veintitrés honrados ciudadanos, entre ellos prominentes exoficiales de la fenecida Guardia Nacional que, conscientes virtualmente de los cambios que Nicaragua esperaba, ofrendaron sus vidas después de ser brutalmente torturados.
La angustia se fincó en el espíritu de la patria que en su tragedia llora a sus hijos caídos a lo largo de una dramática odisea que no tiene comparación alguna en el lenguaje del tiempo. El 4 de abril no es la fecha sencilla que podemos considerar; es la fecha que ocupa singulares espacios en el contexto de la conciencia nacional, porque ella en su simbólica expresión nos lleva a estimar lo que la patria pudo alcanzar con el logro de un gobierno democrático que encarnara una justicia profundamente efectiva, donde la sociedad, hambrienta de ella, pudiese encontrar soluciones inmediatas a los conflictos.
El fracaso de la rebelión del 4 de abril no obedece a una “casualidad” del destino; fue el resultado de lo que significa la cobardía cuando en el hombre no existen principios y por unas monedas traiciona la confianza de quienes han creído en su supuesta honradez. En el complot de abril había suficientes condiciones para un posible triunfo; todo estaba técnicamente listo por los rebeldes demócratas, pero a último momento pudo más la mediocridad del delator que denunció el movimiento; de esos agentes de la infamia que nunca han faltado en Nicaragua, ya que en ellos tiene más mérito el dinero antes que la convicción de luchar por la patria y sus conquistas. El viejo Somoza, que no tenía empacho ni moral para mancharse las manos de sangre, no se hizo esperar; el que se vanagloriaba con darles plata a los amigos, palo a los indiferentes y plomo al enemigo, ordenó a sus hienas exterminar a los conspiradores.
En aquel abril de crueles recuerdos, el hijo menor del dictador, que acababa de “graduarse” en las aulas de la Academia Militar de West Point, se ensañó con los prisioneros en las cámaras de tortura, antes de que fueran asesinados ; el infalible “Tachito” que acostumbraba ocultar la imagen de sus miradas usando lentes oscuros, golpeando y pateando al valiente chontaleño Adolfo Báez Bone, hasta que este héroe, sacando fuerzas de su espíritu viril, le arrojó al dinasta su propia sangre; al mismo que en la “Casa de Piedra” se paraba sobre el pecho de Jorge Rivas Montes aplicándole también horrendas y feroces torturas que lo hicieron perder el conocimiento, el imponderable “Tachito” que con una bayoneta le cortó la lengua a Pablo Leal, haciendo “gala” de sus criminales instintos.
En abril del 54 cayeron por la patria: Manuel Agustín Alfaro, Carlos Ulises Gómez, Pedro José Reyes, los hermanos Adolfo y Luis Felipe Báez Bone, Rafael Praslín, Antonio Velásquez, Guillermo Gutiérrez, Luis Felipe Gabuardi, Miguel Ramírez, Amado Soler, José María Tercero Lacayo, Francisco Madrigal, Manrique Umaña, Francisco Granillo, Edgar Gutiérrez, Ernesto Peralta, Juan Ruiz Traña, Juan Martínez Reyes, Optaciano Morazán, Francisco Caldera, Humberto Ruiz y Pablo Leal Rodríguez.
Paz y veneración a la memoria de los mártires del 4 de abril de 1954.
El autor es periodista de Somoto.
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