Humberto Belli Pereira

En tiempos de Poncio Pilatos y en tiempos nuestros

Pilatos estaba convencido de la inocencia de Jesús. Si algo emerge con claridad de los cuatro evangelios es que Pilatos realizó muchos esfuerzos para liberarlo. Pero los acusadores de Jesús, muy influyentes, se obstinaron en pedir su muerte respaldados por un populacho amedrentador. Ignorar sus exigencias y seguir el dictamen de su conciencia podía implicar para Pilatos un alto costo político y exponerlo a reproches del emperador. Por eso al final se lavó las manos y envió a Jesús al matadero. Se firmó así la ejecución más injusta en la historia de la humanidad —más por la debilidad que por la maldad de un hombre—.

En la ejecución de Cristo se conjugaron dos factores muy visibles: la malicia deliberada de un sector, dispuesto a matar al inocente, y la complicidad medio forzada de quien no quería ayudarles, pero temía enfrentarlos. La maldad de los primeros no hubiese podido triunfar sin la flojera del segundo. Un Pilatos lleno de entereza y dispuesto a sufrir riesgos por sus convicciones hubiese evitado la muerte del justo. Pero pudo más la falsa prudencia, el cálculo político, que la fidelidad a la justicia. Entonces se convirtió en instrumento de una muerte inicua.

Hubo también un tercer factor menos visible que completó la ecuación mortífera: la timidez o apatía de los seguidores de Jesús. Apenas días atrás, Jesús había entrado en Jerusalén entre las aclamaciones de miles. ¿Qué se hicieron ese viernes? Difícilmente cambiarían de opinión tan rápido como para pedir su crucifixión. Posiblemente se ausentaron en la hora de la prueba y dejaron el campo libre a la turba de los fariseos. Posiblemente tuvieron miedo de alzar la voz por Cristo, como Pedro que esa madrugada negó conocerlo. O quizás pensarían que era inútil, o que estaban muy ocupados, o cansados. Lo cierto es que no sabemos lo que hubiese pasado si los simpatizantes de Jesús lo hubiesen acuerpado a la hora del juicio. Tal vez hubiesen contrarrestado los gritos a favor de Barrabás y ayudado al vacilante Pilatos a librar a Cristo.

La malicia de los fariseos, la cobardía de Pilatos y la pasividad de los amigos de Cristo dejaron una lección de valor universal. La danza o tango, entre la maldad que impulsa a algunos, y la flojera o inacción de quienes podrían detenerlos explica todos los capítulos negros en la historia de la humanidad. Al lado de los malos —los que activa o agresivamente empujan una agenda contraria al hombre y sus derechos— han estado siempre los que conscientes de la maldad o injusticia endosan o pactan, no siempre a gusto, sus acciones, y aquellos, que sin actuar como Pilatos, se abstienen de intervenir; los que en la seguridad del hogar lamentan las injusticias que no se atreven a desafiar —y que por eso se multiplican a expensas de los inocentes.

Una de las enseñanzas de la crucifixión de Jesús —y de muchos otros acontecimientos históricos— es que el mal, para triunfar, necesita de cómplices situados fuera del círculo de los malos. Edmund Burke lo resume en su frase célebre: “Lo único que se necesita para el triunfo de la maldad es que los buenos no hagan nada”. Por eso la Iglesia habla de los pecados de omisión. Lo sutil de ellos es que no aparentan ser tan graves. Muchos de sus actores se creen incapaces de urdir maldades, pero también se creen incapaces de enfrentarlas. El hecho es que al final terminan siendo un eslabón indispensable en la cadena que aplasta la justicia y entroniza al mal.

Nosotros, como actores en el drama de la vida, tenemos que escoger nuestro rol. Ante el mal nuestras alternativas son abrazarlo, como los fariseos; lavarnos las manos, como Pilatos; quedarnos en casa como espectadores pasivos, o enfrentarlo resueltamente, como hicieron Cristo y sus discípulos e incontables héroes y patriotas valientes que han escrito los capítulos más luminosos en la historia de la humanidad. Al final, Dios, nuestros hijos, o nuestra nación, podrán preguntarnos, ¿qué hiciste en el día de prueba por salvar el derecho y la paz? ¿Te lavaste las manos o te arriesgaste?

Opinión

COMENTARIOS

  1. Alejandro
    Hace 15 años

    Casi nunca concuerdo con el Sr. Belli, pero en esta ocacion debo admitir como brillante su comparacion. Nicaragua esta lleno de Pilatos, pero mas que todo, de los que no hacen nada por evitar el triunfo de la ilegalidad, arbitrariedad y abusos. Muchos amigos me dijeron que se arrepentian de no haber ido a la marchar. La proxima, les dije, la celebraremos en Miami o San Jose.

  2. flavio moreno
    Hace 15 años

    Aunque Pilato mato a un hombre bueno ( Jesus ) actuo con mesura y segun su manual ( romano ) que le indicaba no intervenir en asuntos religiosos o culturales de los pueblos conquistados. Las autoridades judias y el pueblo judio pedia un castigo ejemplar ( muerte ) para Jesus, y Pilatos les dio gusto. Los apostoles actuaron inteligentemente, al negar conocer a Jesus. Si hubieran aceptado que andaban con Jesus especialmente Pedro, los mataban a todos y el cristianismo no existiria. Gracias.

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