La presidenta del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh), doctora Vilma Núñez de Escorcia, ha puesto en duda la normalidad mental de Daniel Ortega por la desmesura de las medidas policiales de seguridad que ha impuesto en zonas estratégicas de Managua para “obstaculizar la libertad de expresión y movilización de la sociedad civil”.
Junto con otros representantes de la sociedad civil y sectores democráticos, la presidenta del Cenidh ha criticado las exageradas medidas policíacas que el régimen orteguista ha desplegado en los últimos días en Managua, sin duda que para atemorizar a la población e impedir o por lo menos deslucir la marcha cívica que la sociedad civil ha convocado para hoy en la mañana, en protesta contra la candidatura inconstitucional, ilegal e ilegítima de Daniel Ortega a una nueva reelección presidencial. La marcha cívica, tal como se ha informado ampliamente, partirá de la denominada “plaza del fraude electoral” que está situada frente al Hotel Hilton Princess, y avanzará hacia el norte hasta concluir con un mitin ante la sede del Consejo Supremo Electoral.
“Como ciudadanos, no entendemos por qué el presidente se comporta de esa manera tan inusual”, dijo la doctora Vilma Núñez en sus declaraciones que fueron publicadas ayer por LA PRENSA . Y agregó que Daniel Ortega muestra “un temor físico, un terror a que le pase algo, o simplemente esconde algo y tiene miedo de que lo descubran”.
La presidenta del Cenidh advierte que Daniel Ortega tiene “un temor irracional y crea una estrategia loca, alucinante”. Y ante esta enfermiza situación se pregunta: “¿Acaso el presidente ha perdido la razón?” “O tal vez es la gente que lo rodea, como su jefa de campaña (Rosario Murillo) que lo enreda con estrategias totalmente irracionales”.
Este comportamiento notoriamente anormal y característico de los gobernantes que acumulan en sus manos un poder excesivo sobre el Estado, la sociedad y las personas, ha sido materia de investigación y estudio, desde hace mucho tiempo, por parte de sociólogos, politólogos, historiadores, sicólogos y siquiatras. Por ejemplo, la académica británica Vivian Green (1915-2005), historiadora, profesora universitaria, sacerdote anglicana y durante algún tiempo rectora del prestigioso Lincoln College de Oxford, en su obra titulada La locura en el poder , de Calígula a los tiranos del siglo XX, cita al investigador norteamericano Harold Lasswell, quien asegura en su libro Psicopatología y política: “La mente patológica es como un automóvil con la palanca de cambios trabada en una marcha; por el contrario, la mente normal tiene la capacidad de cambiar”. De manera que —reflexiona y escribe la académica Vivian Green— “un dictador es un político cuya mente, enferma de poder, va por un solo carril y cuyo deseo consiste en imponer su voluntad y sus valores a todos los ciudadanos y eliminar a quienes no los aceptan. La búsqueda y la conservación del poder se convierten en el único objetivo de su existencia”.
En el capítulo Locos con botas, de su libro antes mencionado, Green advierte que todos o casi todos los gobernantes autoritarios se caracterizan por haber tenido una infancia y una adolescencia desdichadas. Tales fueron los casos de Adolfo Hitler, Benito Mussolini y José Stalin, quienes, según las investigaciones de la académica inglesa, tuvieron un pasado desgraciado y “la rebeldía juvenil los llevó a tener problemas con las autoridades, que generaron en ellos un fuerte resentimiento. Sin afecto, inseguros, humillados en la etapa adolescente, incapaces de mantener relaciones sexuales satisfactorias, los dictadores buscaron compensar su baja autoestima mediante el uso y el abuso del poder”, sostiene la doctora Green.
Otros investigadores de la personalidad del dictador, el caudillo, el hombre fuerte que para desgracia de sus pueblos todavía existen en países como Cuba, Venezuela y Nicaragua, demuestran cómo la mezcla de complejos de inferioridad y frustración que enferma a esos individuos, se manifiesta en la paranoia que domina su conducta en el poder y sus actos de gobierno. Es decir, la tendencia insana a ver intenciones conspirativas en toda manifestación de disidencia y de protesta individual o colectiva, y de allí la imposición de las desmesuradas medidas de seguridad policial, el uso de la fuerza bruta y la represión.
Pero hay algo más tras la paranoia del poder que muestra el orteguismo. Es el temor a que de una marcha cívica como la de hoy en Managua, se pueda derivar un gran movimiento de rebeldía popular, como en el Medio Oriente y África del Norte.
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