No dejó de asombrarnos a muchos que lo vimos y escuchamos por noticieros de la televisión nacional, la declaración, hace algunos días, del Embajador de los Estados Unidos de Norteamérica, señor Robert Callahan, que hizo en nombre de su país, y al parecer de los embajadores europeos, luego de salir de una reunión a la que fueron convocados por la bancada legislativa del partido Frente Sandinista. Más o menos lo que dijo ante la prensa nacional fue que él y su país no son injerencistas, y por tanto no comentaría más sobre las próximas elecciones del 6 de noviembre, que confiaría en los instrumentos que Nicaragua tiene para elegir al presidente y que solo se dedicaría a apoyar programas de desarrollo. Días antes el embajador Callahan y el representante de la Unión Europea habían manifestado su preocupación por la falta de transparencia y credibilidad que tendría la elección presidencial, si esta no tiene observación nacional e internacional, como es costumbre en el mundo democrático de América Latina, donde se realizan elecciones libres y justas, observadas, conforme a sus constituciones, leyes y tradición democrática.
“Injerencismo”, es una palabra acuñada en política por la izquierda internacional para acusar a los Estados Unidos (y no a la antigua URSS) de intervenir en la política de otros países, sobre todo cuando ella está en el poder, con el fin de aislar el país que están sometiendo a sus desvaríos, ignorando a la Constitución Política y controlando sus instituciones, de la influencia de sus vecinos próximos o lejanos, poderosos o no, abusando de palabras que nos les viene, como “soberanía y autodeterminación”, palabras que ya usaron cuando en los ochenta retrasaron el país veinte años de desarrollo social y económico en comparación con los países de Centroamérica.
Costa Rica exporta ahora 7,000 millones de dólares cuando en 1978 exportaba menos que Nicaragua, 500 millones. En los dieciséis años de democracia liberal los gobiernos pasaron pagando los 13,000 millones de dólares que los sandinistas dejaron de deuda externa, producto del derroche que volvió millonarios a muchos, (además de los más de mil millones de dólares por las confiscaciones y la piñata). Que ahora, de nuevo injustamente en el Gobierno, bajo el espejismo de cierto crecimiento económico, intentan encubrir otra dictadura perpetua militarizada y policíaca.
El señor embajador Callahan pareció salir contrariado de la reunión con el grupo de diputados sandinistas, donde seguramente le exigieron el “no injerencismo”, en la connotación que la izquierda primitiva usa la palabra, que le hicieron modificar el discurso; además de las frases irónicas que le dedicó Daniel Ortega en una intervención pública, de hacerlo ciudadano nicaragüense para que sea él candidato. Es posible que a cambio del silencio les hayan hecho a los embajadores algunas promesas de permitir observación. Pero ya sabemos en qué paran esas promesas.
A pocos meses de las elecciones los políticos orteguistas y no la diplomacia nicaragüense, están consiguiendo cercar el proceso electoral, anulando los comentarios de los honorables embajadores acreditados en nuestro país, quienes siguiendo instrucciones de sus mandantes están pidiendo un proceso electoral transparente como parte de sus funciones en un mundo globalizado, donde todo interesa a todos; una especie de samaritano extranjero que ayuda al herido en el camino.
Estoy convencido de que a la mayoría democrática nicaragüense, pueblo, organizaciones civiles y empresa privada, que exigen observancia electoral legítima y regreso al Estado de Derecho, no la podrán callar, aunque las turbas oficialistas arranquen mantas y repriman a la juventud opositora. Además de denunciar incansablemente la ilegítima reelección del presidente Ortega.
El autor es abogado y presbítero anglicano.
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