Gota a gota se diluye la esperanza de encontrar más sobrevivientes entre los escombros, mientras empiezan a escasear los alimentos y los hospitales no se dan abasto para atender a miles de personas que aún padecen las terribles consecuencias de la peor tragedia vivida en Japón desde Hiroshima.
Hay japoneses que se quedaron en la orfandad familiar y sin casa porque el tsunami borró del mapa el pueblo donde vivían. La incertidumbre ante el futuro, la carencia de medios básicos para seguir viviendo y la preocupación para que su cuerpo no sea contaminado por las radiaciones nucleares se convierten en compañeros obligados de miles de personas en cuya mirada se refleja el desconcierto, el dolor por la pérdida de seres queridos y las emociones se resquebrajan al compás de un terreno que aún sigue temblando.
Las imágenes de los daños causados por el terremoto y el tsunami parecen extraídas de una película de ciencia ficción donde la realidad supera la mejor imaginación proyectada en un guión cinematográfico. Una realidad en la cual los barcos se confunden con las casas, los árboles, los autos muestran la furia con la que puede actuar la naturaleza, ante la cual el hombre se siente indefenso y desprotegido.
Situaciones como estas nos ayudan a valorar la vida, a trascender lo efímero y encontrar en la solidaridad un aliciente reparador para seguir conviviendo y ponernos en el lugar de los demás.
Sin embargo, el devastador terremoto en Japón —que dejó miles de muertos, desaparecidos evacuados— nos invita a reflexionar hasta qué punto los países costeros del continente americano se encuentran preparados para enfrentar una catástrofe de igual magnitud.
Una herramienta clave en la prevención de desastres es la educación en todos sus niveles y formas. Las familias, empresas, escuelas e instituciones deben plasmar mecanismos de evacuación y actuación ante sismos y tsunamis. Debemos tener en cuenta que la mayor cantidad de víctimas reportadas oficialmente por el gobierno japonés son por los efectos del tsunami. No es necesario padecer una catástrofe para recién actuar.
Debemos usar la educación como un aliado para forjar una cultura preventiva sistemática y permanente en todas las instancias públicas y privadas. Eso exige que las organizaciones encargadas de velar por las construcciones en cada país, deban ser más rígidas y estrictas al momento de supervisar la estructura de las edificaciones, pues existen muchas construcciones que no cuentan con una estructura antisísmica.
Muchos se admiran de la reacción disciplinada y organizada que tienen los japoneses —como quienes viven en Tokio— cuando acontece un sismo. Eso forma parte de una cultura preventiva que cimentó sus bases desde décadas atrás y que se transmite en las escuelas, institutos, universidades, empresas y entidades públicas.
Esa serenidad con la que reaccionan los japoneses se debe en parte porque confían en la estructura antisísmica de las edificaciones, situación que lamentablemente no ocurre en todos los países de América Latina, donde no siempre las construcciones se realizan siguiendo los requerimientos técnicos adecuados.
Por su parte los efectos de la fuga de material radiactivo en las plantas de energía nuclear de Fukushima ponen en peligro la salud. La fallida refrigeración manual usada con agua de mar haría que se funda el núcleo del reactor, lo cual traería una catástrofe semejante a la de Chernobyl en Ucrania.
Por eso a nivel internacional, la prevención también incluye fortalecer un sistema que permita paliar los efectos nocivos de los accidentes nucleares porque está en juego la contaminación del ambiente y la vida de millones de personas. Las calles de Tokio lucen vacías porque la mayoría de personas se encuentran en sus casas presas del pánico ante la radiación nuclear, mientras el aeropuerto está atiborrado de pasajeros que intentan salir del país con sus familias.
Invocamos para que un nuevo amanecer en las costas japonesas traiga una luz de tranquilidad respecto a los momentos que se viven. Esperamos que las autoridades del país nipón con el apoyo de la comunidad internacional controlen la situación de los reactores nucleares, así como la atención de los miles de damnificados. Los países de América no deben bajar la guardia respecto a la cultura de la prevención de desastres desde la educación. [email protected]
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