Números emblemáticos del Diario LA PRENSA.
Largo aniversario, presente cumpleaños. Enhorabuena. Extenso bostezo hasta alcanzar casi su primer siglo. Desde el doctor Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, después su vástago, nuestro Pedro Joaquín Chamorro Cardenal presente y eterno, en compañía del escritor, creador y ocurrente, el de la República de los poetas, el de “una universidad de bolsillo”, Pablo Antonio otro inmortal, paraíso de ideas, el humanista pariente de Erasmo y amigo de Leonardo, quien navegó en esa carabela fabricada en el Puerto de Cádiz, a prueba de naufragios, maremotos, los actuales tsunamis, que en lugar de hundirse se yergue y eleva por encima de las tormentas de los vicios y las venganzas y regresa para acuatizar en la patria lastimada y continuar su misión en las aguas sagradas de nuestra Nicaragua. Así es el caminar cotidiano del Diario LA PRENSA en todos los años de su existencia. Excelsa misión de un periódico que no descansa las 24 horas, corriendo tras las noticias, procesándolas y publicándolas sin pausas y sin prisa. Y son las mastodónticas máquinas Heildelberg, parientes cercanos de los Gutenberg su inventor, las que se ocupan del toque final para que sus páginas sean leídas por todos los lectores.
Así vivimos en esta tierra, oasis de extravagancias y sórdidas conspiraciones. Larga es la historia desde el somozato, quien tuvo el dudoso honor de inventar la censura en este país, con sus bombardeos y oscuro silencio de meses condenando a un pueblo a no ver ni oír, similar a la tela del inmortal Goya en el juego de la gallina ciega.
Una institución que nunca duerme. Oír, ver e informar es el trinomio de su diario quehacer. Es la magia de la libertad de información, un pilar de los sagrados derechos del hombre, la libertad de prensa o de expresión. Es el termómetro más auténtico que determina la clase de gobierno que tiene un pueblo, así de simple y así de sencillo. Si se permite la libertad de información es que estamos viviendo en una democracia, o si al contrario ese derecho es conculcado o negado, no es necesario ser un Aristóteles para definirlo como una dictadura, una tiranía o ambas situaciones a la vez.
Todo acto arbitrario, violento o intimidatorio auspiciado por cualquier gobierno, cuyo fin es amedrentar, limitar o presionar a un medio escrito, radiado o televisado y que además haga uso de sus métodos salvajes, llámense pedradas, morterazos, explosiones, tranques, disturbios, pintas, mantas, incendios, cócteles molotov, machetes, y un largo etcétera de heridos y golpeados, pero jamás podrán enterrar o ignorar la divisa escrita, con laureles “al Servicio de la Verdad y la Justicia” continuada de “LAPRENSA el Diario de los Nicaragüenses”.
El autor es diplomático retirado.
Ver en la versión impresa las páginas: 9 A