Hasta hace veinte años, Nicaragua sufría el peor flagelo que puede castigar a los pobres: la inflación desenfrenada. Desde 1985 esta se había desatado; ese año alcanzó un 219 por ciento. Para 1988 se había disparado a 33,547 por ciento, algo nunca antes visto en el continente americano. Al perder el FSLN las elecciones en 1990, esta se volvió a acelerar como un monstruo que amenazaba con liquidar nuestra moribunda economía.
Las devaluaciones eran cosa de todos los domingos. Los precios de todo subían cada semana. La gente llegó a despreciar tanto nuestros billetes que los llamaban “chancheros”. La pobreza aumentó como nunca antes lo había hecho en Nicaragua.
Sin embargo, a los diez meses de tomar posesión el Gobierno democrático de doña Violeta de Chamorro, su Gabinete Económico anunció el Programa de Estabilización Monetaria para poner fin a la hiperinflación, el 3 de marzo de 1991. Nuestra moneda, el córdoba, terminó tan desvalorizada que había que dar veinticinco millones de córdobas por un dólar.
Desde entonces, cuando se fijó al córdoba a 5 por 1, la inflación prácticamente desapareció. Desde entonces nuestra moneda se ha venido deslizando suavemente, para favorecer las exportaciones, hasta llegar a valer ahora 22 por 1.
A partir del logro de la estabilidad monetaria, Nicaragua comenzó a atraer inversión al país, al comienzo muy lentamente, por causa de las asonadas y huelgas con tomas de edificios públicos que los sandinistas promovían con suma frecuencia.
Pero a medida que estas fueron bajando en intensidad, la inversión aumentó su ritmo de llegada al país, generando cada vez más y mejores empleos para los nicaragüenses deseosos de trabajar.
Sin embargo, Nicaragua aún no logra atraer suficientes inversiones para generar las oportunidades de trabajo que demanda nuestra juventud, a pesar de la abundancia de recursos naturales que tiene el país, como tierras productivas e irrigables, tierras altas inmejorables para el café y la forestería, y otras aptas para el cacao y la ganadería, enorme potencial para palma africana, caña de azúcar y maní, tierras para arroz y frijoles, sorgo y maíz, frutas y vegetales, y todo cuanto se nos pueda ocurrir, metales preciosos en diversos puntos del país, costas con abundante pesca marina, y un potencial turístico impresionante.
¿Qué falta? Muchos estudios coinciden que urge más educación y un Poder Judicial independiente, respetable, profesional, y leyes claras que definan las llamadas reglas del juego que luego nadie pueda alterar por arrebato o capricho.
El próximo gobierno, sea del signo que sea, tiene ese inmenso reto de frente. Los nicaragüenses queremos condiciones que permitan la generación de miles de empleos dignos, en la ciudad y el campo, que hagan posibles mejores niveles de vida para las familias que hoy viven en desesperanza, por falta precisamente de empleos bien remunerados.
Eso requerirá de muchísima inversión en educación básica, en educación técnica y en educación de profesiones que contribuyan al desarrollo de la economía. China, el motor de la economía mundial, gradúa cien ingenieros por cada diez que estudian leyes. Aquí habría que graduar miles de agrónomos y veterinarios, ingenieros en riego, administradores agropecuarios y de negocios turísticos, cocineros profesionales, mecánicos y electricistas industriales, es decir, jóvenes que trabajen con la precisión y la exactitud que nos permita elevar la productividad que exige el mundo globalizado en que ahora vivimos, a la par de maestros, enfermeras y médicos rurales.
Y requerirá llegar a un consenso nacional para que un grupo de siete o nueve juristas de sólido prestigio, trayectoria y éxito profesional comprobado, mayores de 65 años, tomen en sus manos la Corte Suprema de Justicia y se queden allí hasta cumplir los 80 años, sin que ningún poder político pueda amenazarlos con su destitución, y que sean ellos los encargados de ir buscando los jueces probos y dignos que la justicia demanda, y los candidatos para ingresar a llenar las vacantes que se vayan presentando en la Corte Suprema a medida que los mayores lleguen a la edad de retiro.
Sin inflación, derrotada hace veinte años, sin asonadas ni tomas de edificios públicos, dejadas atrás hace algún tiempo, y con un Poder Judicial presidido por gente proba e independiente, y un programa agresivo de educación para la producción, Nicaragua podría en poco tiempo seguir los pasos de países que en pocos años han logrado salir del subdesarrollo y el atraso. En nuestro propio continente tenemos ejemplos valiosos: Chile, Costa Rica, y más recientemente Brasil. Los nicaragüenses merecemos el progreso. El próximo gobierno está obligado a lograrlo.
El autor es ingeniero.
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