“Sin una buena procuración de justicia no es posible llevar una existencia realmente humana. Sin justicia no hay paz social ni la convivencia digna entre los hombres es posible”.
Jorge Carpizo.
El delito es un fenómeno complejo que tiene causas personales, familiares, educativas, culturales, económicas, políticas y psicosomáticas. Existen ciertos ambientes criminógenos que favorecen la criminalidad, la impunidad es sólo uno de ellos. Esas causas ambientes y circunstancias que aumentan los niveles de conflictividad social y de inobservancia de las leyes requieren para su enfrentamiento de un gran esfuerzo nacional en diversas áreas. El delito en sí es un grave problema, uno de los males que durante mucho tiempo ha aquejado a todas las sociedades.
Aunque la mujer en todos los tiempos ha sufrido de violencia intrafamiliar y se le ha dado la importancia que merece al prevenir, combatir y dar seguimiento a este delito, principalmente porque éste se desarrolla en el ámbito familiar y la familia encuna a las nuevas generaciones quienes serán en el futuro los nuevos forjadores de nuestro país.
Si bien es cierto la violencia hacia la mujer adquiere una relevancia máxima en el ámbito intrafamiliar existen otros ambientes en donde la mujer es realmente maltratada, ultrajada y humillada me refiero a la violencia laboral de la que sufren miles y miles de mujeres nicaragüenses, pero de la que muy pocas veces se menciona en los medios y estadísticas. Aunque todos los sabemos nadie se atreve a denunciarla por miedo a represalias mayores de parte de los contratantes, jefes, superiores o cualquiera que en jerarquía esté por encima de la víctima.
Es realmente escandaloso que quienes se suponen deben guardar mayor respeto hacia las leyes y derechos humanos inalienables sean los primeros en transgredirlos y muchas veces de una forma peor que un vulgar delincuente. ¿Cómo podemos calificar a un jefe o responsable que avasalla, humilla, discrimina y margina a una trabajadora? Y eso no es todo, cuántas mujeres trabajadoras han sufrido de acoso sexual, y cuando la respuesta ha sido negativa los efectos no se hacen esperar, despido o degradación laboral o simplemente traslado a áreas que a una no le competen por debajo de la preparación académica.
Si bien es cierto la violencia laboral no cobra vidas a lo inmediato pero si a largo plazo, la tensión, el estrés y el maltrato psicológico al que es expuesta la mujer con el tiempo suma resultados reales, enfermedades psicológicas y psiquiátricas, ansiedad, depresión, trauma del pánico y hasta hay quienes han sufrido derrames cerebrales por el maltrato de su superior. ¿Y esto quién lo controla? ¿Quién lo ve? ¿Quién lo castiga? Es muy fácil pedir a un psiquiatra una explicación de todas las consecuencias que derivan de las situaciones antes mencionadas.
Es muy triste saber que en pleno siglo XXI la mujer no tenga derecho siquiera a denunciar la violencia laboral, primero porque aún no está tipificada y segundo porque ¿cómo probarlo? Es su palabra contra el respetadísimo jefe o jefa quienes muchas veces obligan al resto del personal —a como cuando eran niños—, a hacerle la ley del hielo y una guerra nórdica despiadada en donde es fácil deducir quién la pierde.
Es realmente preocupante la violencia laboral hacia la mujer y los estragos que causa en ella y la forma en que impacta a nuestra sociedad. Es hora que las nicaragüenses despierten del letargo de indiferencia y griten los abusos y denigración a los que son sometidas las mujeres.
La autora es abogado y notario público.
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