Por María Haydeé Brenes.- Mientras escribo estas palabras lo único que no siento adolorido es el cabello. No pensé que sentarme y levantarme fuese tan complicado. El único aliciente hasta ahora es que camino bien derecha, no podría hacerlo de otra forma, pues mi abdomen hasta tiembla cuando me encorvo.
Lo peor de todo es que yo me autoinfligí tanto dolor cuando ¡Por fin!, cumplí la promesa de ir al gimnasio.
Han pasado once años desde que pisé un gimnasio por última vez. Recuerdo mis rutinas de entonces y no eran dolorosas en lo absoluto, no dudo —mientras me duele estirar el brazo para alcanzar un papel— que haya sido por la constante actividad física que tenía cuando jugaba baloncesto, pero hoy día, con dos hijos, trabajo, cansancio y todas las excusas que ponemos para no enfrentarnos al reto, siento que estoy a punto de tirar la toalla y que mi cuerpo está cobrando con creces mi lejanía de los ejercicios.
¿Qué me obligó a volver? Como muchos, me lo propuse al comenzar el año, pero no sólo este año sino todos los años anteriores.
El otro motivo de peso, además de mis 15 libras de más, es que mi falta de resistencia tocó mi espíritu competitivo, y es que casi me desmayé después de una corta corrida tras mi hijo de seis años en su bicicleta. Mi hijo debió traerme agua porque terminé, literalmente, cuneteada.
Después mi hermano me dejó en el arranque de una competencia de natación, que hacemos cada vez que vamos al mar desde que tengo memoria y lo último: siempre me deja el bendito bus, porque no tengo la velocidad requerida para alcanzarlo, golpear las latas y que abran la puerta, lo que me condena a esperar de 20 minutos a más por otra ruta.
Mi primer día estaba emocionada, así que traté a como dio lugar de seguir hasta la respiración del instructor de aeróbicos, Marvin Ampié, en el gimnasio Bello Horizonte.
Hice todo lo que hizo y descubrí que no hay nada más terrible que sentir el hormigueo de la circulación, parecía que tenía pica pica y por supuesto chocar constantemente con las que están más duchas en estos menesteres, porque conocen desde hace meses o años las rutinas.
Pensé que la rutina de piernas era excesiva y miraba chispitas, hasta que la orden fue: “Traigan las colchonetas que vamos a trabajar glúteos”. Allí sí se armó, subir la pierna, bajar la pierna, parece sencillo, pero ¡hágalo 50 veces con cada pierna! Casi me iba de lado, después con la pierna doblada hacia arriba y de nuevo bajar y subirla 50 veces alternando una y otra.
Por si no bastara trabajamos abdomen y no quiero escuchar la palabra “rebote”, que designan para dar la orden de levantar la espalda y la pierna al mismo tiempo.
Desde ese primer día no puedo seguir el ritmo al instructor, sólo cuando instruye lo que haremos, es decir cuando lo hace en cámara lenta. Para evitar las malas miradas cuando ocasiono embotellamiento en la pista por la lentitud, hago un “sólo de ejercicios” y termino para justificar que hago lo que puedo o al menos lo intento en una esquina del salón.
Mientras llega el día en que pueda lucir un abdomen de bailarina de danza del vientre, me conformo con poder atarme los zapatos.
Hoy amanecí deseando que vendieran diclofenac en gel por bidones, que el Código del Trabajo estableciera como feriado con goce de salario el estar ligado después de mucho ejercicio físico, pero como nada de eso se da, me limito a sonreír, eso no me duele, cuando mis amigas me dicen que entrarán al gimnasio siguiendo mi ejemplo porque le habré ganado la competencia a alguien que retoma este camino y usted ¿retornará?