Addis Esparta Díaz

La caricatura es humor y libertad de opinión

Por Addis Esparta Díaz

Todo discurso estético contemporáneo lleva inherente mecanismos de duda, probabilidad y conjetura. La caricatura, como arte menor, está orientada no sólo a la denuncia, sino a crear una plataforma histórica-social que determina la conducta, la moral, las huellas ideológicas, la tradición, la psicología, las obsesiones, las depresiones, la pobreza extrema, la violencia doméstica y otros problemas serios de los actores sociales, figuras públicas y seres humanos en general.

Los registros históricos nos dicen que la crítica humorística se remonta a los romanos, cuya diatriba era exponer las injusticias y excesos cometidos por el Emperador Nerón; luego Leonardo Da Vinci con su caricatura Retrato de mujer y los pintores alemanes Lukas Cranach y Albert Dürer también habían realizado un sinnúmero de caricaturas, como recurso para desenmascarar, criticar a las instituciones y personajes de la época, pero en forma paródica; aunque fue Annibale Carracci, perteneciente al clasicismo a comienzos del siglo XVII, quien inventó la caricatura. Su objetivo fue corregir la naturaleza dotándola de irregularidades e imperfecciones.

Por tanto, la caricatura debe verse, leerse, apreciarse como parte del acercamiento del artista a su pueblo, su voz es un reflejo de las profundas desilusiones, del hartazgo, del nihilismo que producen las actuaciones en cualquier gobierno, sea de derecha o de izquierda. De ahí que Baudelaire, poeta simbolista francés, haga una clara alusión al “sentido glorioso e importante que tiene la caricatura”. Ya el escritor español Azorín de la denominada Generación del 98, escribía en 1913 que “el divertimento espiritual es sumamente importante en la historia del desenvolvimiento humano”. Sus palabras reconocen que la ironía, el humor y el sarcasmo sensibilizan, construyen y deconstruyen nuestra visión de la democracia y el poder, lo que a su vez nos acerca al progreso y la civilización.

En cierto sentido, la caricatura es modelo de síntesis, en ésta confluyen códigos cinésicos, proxémicos, oscilaciones, globos, deltas, impactos, paralingüística y diferentes signos verbales y no verbales, que nos hacen olvidar nuestros problemas cotidianos para entrar en una especie de catarsis a través de una microdiégesis, ya que la representación de la figura humana, como ente físico, espiritual, social y sexual será ampliamente retomada. Es así, que la caricatura debe verse desde una óptica abierta, sin autocensura, porque la crítica política, social que la conforman es sincera e ingeniosa, nunca irrelevante para la historia nacional. Es necesario que pensemos que la caricatura antes que humor es opinión y es un despertar de la conciencia. Reírse de uno mismo es saludable.

Nunca una viñeta debe ser tomada con más seriedad de la que le quiera dar el dibujante o profesional de la línea, al contrario, si a alguien le molesta y la censura, es porque en cierta medida existe una verdad latente. Mafalda, una niña de América del Sur creada por Quino, tuvo una gran virtud: su ternura e ingenuidad para decir la verdad a los políticos no sólo argentinos sino mundiales. Hoy por hoy es fuente de inspiración, igual que lo es Maitena, la cual ubica su línea de tiempo a través de una mujer relegada, subestimada y anclada en una aureola misteriosa, primitiva, bruja, salvaje, tentadora, culpable, maligna y egoísta, sin embargo, este tipo de humor gráfico le permite a la mujer cuestionarse, reírse de sí misma, para luego reconstruirse a través de una búsqueda exploratoria de sensaciones, sentimientos, así como de su identidad y su encuentro con las ausencias y excedencias al otorgarle un justo valor a su vida: la verdadera esencia femenina reside en los espacios abiertos y en su autoestima.

Lo esencial de la caricatura es existir como arte vital, ser parte de una tradición gráfica del pensamiento y sentir la frescura de sus líneas y contornos. Ya el Foro internacional de caricaturistas por la paz y la libertad de opinión luchan en contra de todo tipo de censuras, tal como la ocurrida al caricaturista Kurt Westergaard, quien recibió amenazas de grupos fundamentalistas de Oriente. El carácter jocoso, paródico e irónico de la caricatura no deja de ser una herramienta sutil que logra su cometido. La carcajada ineludiblemente nos hace evadirnos del estrés, del entorno mísero, de la degradación e indiferencia humanas. Albert Einstein dijo que “la imaginación es más importante que el conocimiento”, porque precisamente si nos falta el humor como parte de la creatividad cotidiana hecha mascarada, tendríamos que gritar como lo hizo Mafalda en una de sus viñetas: ¡paren el mundo… me quiero bajar! No matemos el humor, salvémoslo.

La autora es doctora en Filología, máster en Ciencias de la Educación. UNAN-Managua.

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