Managua, clavada en la cruz, teniendo de fondo las aguas desaprovechadas de su lago, clama: “Sed tengo”. Pero no tiene respuesta, solamente la seca de una Administración prepotente e indolente, presidida por un “general” acuartelado por el misterio. La queja es plena y lleva el lamento perseverante de la cotidianidad.
Lo único que se sabe en el despliegue de la apatía es que un nuevo funcionario le puso imagen militar a su estilo desde que llegó no dejando ni rastros del personal de seguridad poniéndolo en el “banquillo de los acusados” con severidad de “consejo de guerra”.
Fuera de eso, acusaciones y contraacusaciones mientras las bombas se tambalean y los grifos sufren la opresión de estar cerrados por deficiencias técnicas o porque ya les llegó el plazo de la operatividad. Las piezas envejecidas piden relevo a tono con los requerimientos de una ciudad cuya población crece abrumadoramente.
Todos los días las voces indignadas repercuten en los medios. Los condenados por la ausencia del “líquido vital” recorren largas distancias en la búsqueda del cántaro amparador o se quedan en la casa sacrificando el goce sagrado del sueño nocturno esperando que la paja suelte el chorro para llenar los recipientes vacíos con el propósito de disponer de la bebida para todo lo que ella es útil.
En otros casos el drama es más radical y definido. El agua no aparece por varios días y el desesperado tiene que comprarla y caer en las redes del inescrupuloso que se aprovecha de la crisis poniéndole a la lata, tarifa de emergencia. Y hasta campean sospechas de que hay terroristas (no otro término cabe) que mutilan las llaves para que de ellas no emane nada.
Triste realidad. Cruda paradoja. Corre el agua de los ríos, de los mares. Managua misma bendecida por la naturaleza (no sólo los curas la hacen sagrada en las ceremonias) con el respaldo de un lago que ha sido tentación para la conversión potable, pero que se queda ahí sirviendo sólo de paisaje y de huésped de los restos ni siquiera aprovechado para hacerlo lucrativo en el rubro turístico.
El agua es la reina de la vida. Abrigo natural del cuerpo. El universo renal tratado con injusta indolencia por la ostentación exterior pide en la forma de la sed, la circulación de su contenido generoso en momentos precisados por el deseo, por el instinto de vivir.
El agua emerge y sumerge continentes. Qué poderosa es: reduce a la roca y apalea al fuego. Vive y corre. Pero el hombre mismo, su técnico, su administrador la procura inaccesible y complicada…
Hace tantos años nació y creció la Empresa Aguadora de Managua. Pero como todo lo anterior tenía sarro, la revolución a través del decreto número 23 del 23 de octubre de 1979, reformó el sistema al fusionar todas las empresas municipales junto con “Denacal” y la mencionada empresa en una sola institución de la cual nació INAA. El Gobierno confiscó todos los bienes de la iniciativa privada. La manía de convertirlo todo en estatal sabiéndose que el monopolio propende a deficientes efectos. Peor cuando prolifera la incapacidad. El hombre nunca termina de aprender las lecciones irreprochables de la experiencia. Y ahí tenemos todo un resultado que repercute negativamente en el uso de lo que estando a la vista es inútilmente manejado. Ninguna explicación aflora. Sólo el silencio y la invalidez de los funcionarios que han llegado ahí para ser factores de complicación y no de solución…
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