Para empezar, a todos nos es conocido que las variables en Desarrollo Humano: “Calidad de Vida vs. Educación” se encuentran entre coordenadas que se intersecan ineludiblemente en nuestras vidas. Suele escucharse en nuestra sociedad como parte del uso y costumbre e idiosincrasia hogareña, la expresión con ribetes de autocompasión: “Es lógico que un pobrecito joven no motivado para seguir estudiando busque un trabajo lo más fácil y más o menos pagado”, como si la juventud fuese un tipo de seguro de vida o una especie de tómbola de la fortuna que por efectos de gravedad terminará premiando el esfuerzo o el aguante del desafortunado imberbe.
Seguidamente, enfrentar a la agónica pobreza para algunos es como un detonante para emerger del fango pero, a otros les produce una “eterna lapidación” a sus expectativas de una mejor vida, por supuesto esto no tiene que ver solamente con el “factor recursos disponibles” o el no haber nacido en “cuna de oro”, sino más bien con el intrínseco espíritu de superación del individuo, el saber forjar sueños alcanzables, aprender a alimentar día a día una ilusión racionalizada, el no ser conformista, renunciar a ser uno más del rebaño de los autocomplacientes, desarrollar constructos de ambición y sobre todo a tener una brújula planificadora con destinos trazados, entre otras cosas. No obstante, con eso no se nace sino que se forja coadyuvado de la educación.
Por otro lado y contradictoriamente, el dilema de siempre es que, año con año se sabe a duras penas cuántos son los alumnos que logran “aplicar” para estudiar en educación superior (pública) (números más, números menos) pero ninguna institución o especialista en la materia ha logrado estudiar o descifrar realmente ¿cuántos de estos “privilegiados” encajaban en vocación con el perfil de la carrera por la que optaron? (los resultados psicométricos de las pruebas de admisión no son suficientes garantías de ser aptos), o en todo caso ¿cuántos estudiantes “emigraron” a otras opciones académicas y cuál fue el costo beneficio en materia presupuestaria?, al final, ¿cuántos lograron egresar con calidad y sin mediocridad? ya que esto bien podría ser clave en la búsqueda de empleos remunerativos, ¿y si efectivamente, ese “número de supervivientes” llenó las expectativas del país en relación al lustro que dura aproximadamente producir profesionales en sus diversas especialidades?; así como el lograr insertarse en un empleo (la quinta esencia del milagro en nuestra nación) propio de su ramo y no subutilizándose en otras áreas.
En cuanto a la relación entre una economía poco competitiva basada en el boom de “industrias golondrinas y de servicios de baja cualificación” ligados precisamente a empresas de servicio con ejércitos de personal en las que no se requiera alta cualificación técnica con salarios poco significativos e impactantes en la dinámica laboral y salarial sumado al abandono escolar temprano de un sistema educativo “tedioso” y poco esperanzador para los jóvenes sólo se augura el sempiterno ciclo del subdesarrollo y de la rancia pobreza que, nos aleja de la frontera de los países emergentes.
Así que, hoy por hoy los tiempos han cambiado, vivimos una cultura dinámica globalizada donde los conocimientos tienen gran movilidad. En la actualidad diez años valen por un siglo de otros tiempos, no podemos seguir empantanándonos. La actitud generalizada de nuestro tiempo es la de seguir aprendiendo y proponiendo, innovando y de ser también ejes de cambio, no simple emuladores de “estrategias de sistemas vedados en el tiempo” pues, convivimos en un proceso de continuo aprendizaje y continua revisión de los conocimientos. Per se, las sociedades modernas exigen a la educación respuestas rápidas y efectivas no sólo para cumplir sus propios fines sino para atender los problemas del contexto social, económico y de la cosa pública, etc. Entonces, ¡si hay poderosas razones para continuar estudiando!, ya que las riquezas de las naciones gravita en las que producen conocimiento no en aquellas que sólo se disponen a ser grandes exportadoras de materia prima.
“Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida”. Pitágoras
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