La caída de Hosni Mubarak en Egipto rompió el prejuicio absurdo de creer que los países árabes están condenados de por vida a vivir asfixiados bajo una dictadura que, además de imponer un régimen represivo, los expuso a la pobreza y la desigualdad, mientras que las altas esferas del poder convivían con la corrupción y la riqueza desmedida.
Las manifestaciones no sólo fueron fiel reflejo del hartazgo político, sino un justo reclamo de sus derechos sociales y económicos. No olvidemos que millones de egipcios viven con menos de dos dólares diarios y otros en condiciones de trabajo deplorables.
Lo saludable de esta gesta histórica es que fue protagonizada por jóvenes entre 20 y 30 años de edad, que forman la mitad de la población egipcia y se valieron de las redes sociales como Facebook y Twitter, blogs y celulares para convocar reuniones, marchas y difundir la protesta en defensa de dos valores primordiales de las sociedades modernas: la democracia y la libertad de expresión. Es una muestra que la tecnología y la globalización pueden estar al servicio del hombre para hacer valer sus derechos fundamentales.
El corazón de la revuelta estuvo compuesto por convicciones democráticas que clamaron por libertad, justicia social y una mejor calidad de vida. Por eso, la lucha contra el autoritarismo es un común denominador en las demandas ciudadanas de los países árabes, que se expande como un efecto dominó, y lo que sucedió con Túnez y Egipto, se puede repetir más tarde en otros países de la región.
La clave del futuro subyace en las estrategias que las fuerzas armadas egipcias usen para convocar a la oposición y sociedad civil en aras de una transición transparente que garantice una representatividad democrática. Los militares deberán actuar con prudencia para que después de esta transición el pueblo egipcio se sitúe en un equilibro político que no permita un autoritarismo laico ni un islamismo radical.
No significa que Egipto no tenga otra salida que caer en el dominio de los islamistas ni que la oposición liberal no haga nada por impedirlo. Los demócratas deben aliarse con grupos que le inyecten fuerza política. El ejército egipcio tiene la gran responsabilidad de no permitir que el autoritarismo se prolongue ni ser muy permisivo con el islamismo. Debe orientar sus estrategias a apoyar a quienes buscan una reforma libre, justa, pacífica y democrática.
Es una buena señal que el Ejército egipcio haya decidido suspender la Constitución y disolver las dos cámaras del Parlamento. Pero aún falta poner fin a la ley de emergencia, formar un gobierno de base amplia y que se redacte una nueva Constitución. Las elecciones presidenciales y legislativas previstas para septiembre deberán garantizar transparencia y representatividad.
Las demandas de la población egipcia tendrán sentido si se plasma una transición política que construya las bases para que ese futuro sea mejor que el pasado vergonzoso que les tocó vivir. Lo que debe primar es la defensa de las libertades individuales y unas elecciones libres, donde el pueblo pueda elegir sin coacciones.
Mohamed Aboulazm, blogger egipcio y defensor de los derechos humanos, me dijo, en una entrevista por twitter, que el pueblo egipcio tiene una enorme esperanza en sus jóvenes: “Tenemos que involucrarlos entre las autoridades para renovar la sangre política, ellos son la columna vertebral de la nación”.
Los jóvenes que hoy dan un giro a la política egipcia representan una generación que creció en un entorno hostil que limitaba su libertad, pero supo usar los medios de comunicación a su favor para hacer valer sus demandas, pues no quieren que los niños egipcios hereden una nación con derechos mutilados.
La lucha contra el terrorismo y el respeto a la libertad se convierten así en indicadores claves para descubrir las intenciones de quienes aspiran a tomar el poder en Egipto. Aunque la libertad se impuso al autoritarismo, debemos seguir atentos para defenderla con medios democráticos y pacíficos.
El autor es periodista y educador
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