Las recientes protestas en Túnez, Yemen, y Egipto han sorprendido a todo el mundo. Cabe preguntarse: ¿Qué lecciones se pueden inferir de este cuasi alzamiento en bloque contra los regímenes tradicionales islámicos? ¿Hay un patrón de conducta que una vez más se repite en cada crisis?
Lo que más me llama la atención es que Hosni Mubarak —aliado incondicional de los Estados Unidos— con 30 años en el poder, ante este alzamiento popular en muchas ciudades egipcias, ya no es visto más por Washington como su aliado. Y lo ven mal, no por la débil democracia egipcia, sino por otras razones: 1) si se derrumba su régimen puede ser un peligro, pues El Cairo es el aliado más importante de Estados Unidos en África; 2) Egipto está ubicado geopolíticamente como muy pocos países: en África, junto a Asia, frente a Europa, y pegado al Medio Oriente. Además que maneja el valioso Canal de Suez —clave de la ruta petrolera—; es uno de los más influyentes aliados políticos de EE.UU. en el mundo islámico; y se destaca por tener relaciones diplomáticas con Israel. Del mundo árabe, sólo Egipto y Jordania tienen embajadas en Israel.
Consecuentemente, es un aliado que los norteamericanos no pueden perder. Es un factor de balance y estabilidad en la región. Y si se incendia el Medio Oriente, los precios del petróleo se dispararían y podrían agregar otra crisis más a las que ya ha tenido EE.UU.: la inmobiliaria, la bancaria, y la de las aerolíneas. ¿Y otra más cuánto debilitaría a la economía gringa y cuánto más se fortalecería China, sabiendo que su adversario se enferma del virus del Nilo?
Hosni Mubarak, razonablemente, está pensando que sus aliados en Estados Unidos le han dado la espalda. ¿Pero siempre pasa así con aquéllos a quienes Washington les muestra simpatías: los arma hasta los dientes para que, una vez embriagados de poder, los tire por la borda, sin escrúpulo alguno? Los precedentes abundan en el tercer mundo: Trujillo, El Sha, Duvalier, Somoza, Noriega, Hussein. ¿Quién sigue y dónde, cuándo?
Pero en el ínterin de esta crisis, todo parecía ir acorde al Departamento de Estado, con la hoja de ruta para la transición hacia un régimen sin Mubarak. Y el todavía Presidente egipcio, con sobrada habilidad política, ha tomado, hasta ahora tres medidas mitigantes: 1) sacar los tanques, pero no reprimir; 2) hacer un remedo de arreglo democrático poniendo a un vicepresidente —Omar Sulaiman—, para que mediara con la oposición desde un rostro aceptable y moderado; 3) y amenazar con el “caos total”, si él se marcha. ¡Avivó en los gringos el temor a alianzas con Al-Qaeda o a convertir a Egipto en un Estado radical islámico!
¡Parece que Albaradei ni la Hermandad Musulmana tienen oídos o cabida en Washington!
Pero sorprendentemente, Israel (¡el enemigo a muerte de los árabes!), a través de su presidente Simón Pérez, anunció que “su gobierno no se sentiría cómodo con otro régimen en El Cairo”, y tuvo palabras de encomio para Mubarak.
Y la voz de Israel pesa mucho. Los judíos son, para Occidente, el actor más importante en esta zona de influencia, confluencias y conflagración. Esto podría incidir para alargar la estadía de Mubarak en el poder.
Otro factor de peso es la diplomacia de la UE que atenazaría más a Mubarak si las empresas europeas pierden enormes cantidad de plata o son agredidos más periodistas extranjeros. Así, Bruselas trata de hacer una diplomacia a lo Metternich: dándole al dictador mal herido algo de dignidad para su salida del poder. Y de paso, demostrar que en Bruselas sí logran resultados, con persuasión.
Este respiro que le dio Jerusalén a Mubarak, lo debería aprovechar al máximo: ganando tiempo mientras los ánimos exaltados se enfrían.
Muy seguramente, en Beijing ríen mientras a los gringos se les suben sus facturas de petróleo y el asunto egipcio se les podría convertir en una tormenta bíblica.
Los escenarios pueden ser múltiples.
Pero lo que queda demostrado es que la política es una ciencia noble cuando se teoriza, pero se convierte en un mecanismo compensatorio de las vanidades humanas, cuando los que la practican entran a su redil.
El autor es politólogo.
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