Desde comienzos de este año, los ojos del mundo están puestos en la ola de inquietud política que está afectando a partes del mundo árabe, comenzando con el derrocamiento rápido del gobierno autocrático y corrupto de Ben Ali en Túnez. En este sentido, muchos comentaristas están comparando estos eventos con el triunfo de la democracia liberal sobre el comunismo que se dio en Europa Oriental y la antigua Unión Soviética a finales de los años ochenta del siglo pasado.
Para estos observadores y los mismos gobernantes de países democráticos en Europa y de los Estados Unidos, estas sublevaciones son la manifestación de un anhelo universal de los pueblos de ser libres y de vivir bajo gobiernos democráticos. Es tan poderoso este deseo, dan a entender que estas revoluciones han brotado aún en el mundo árabe cuyas tradiciones y visión del mundo son tan tradicionales que parecieran tener más en común con el medioevo que con el siglo XXI.
No niego la validez de esta tesis. Pero a mi parecer, hay otro y quizás más poderoso elemento que está contribuyendo a detonar las crisis que han sacudido, hasta la fecha, a Túnez, Argelia, Jordania, Yemen y hasta Egipto, el más importante país del mundo árabe en términos de población (ochenta millones), poderío militar y ascendencia cultural. Me refiero a las dificultades económicas que estas naciones están pasando. Casi sin excepción, todas están estancadas económicamente y están siendo impactadas por la Gran Recesión que comenzó en 2007 y que algunos economistas dicen que ya acabó. Sus macroeconomías tienen crecimiento negativo en términos per cápita y sus pueblos resienten la explosión en los precios de los commodities —incluyendo alimentos— que ellos consumen y que se los están comiendo financieramente.
A mi criterio, los países árabes —que se parecen a árboles cuyas raíces están profundamente enterrados en el pasado pero cuyo follaje respira aires de modernidad por su proximidad a Europa— están viviendo la versión árabe del descontento que atravesó Grecia el año pasado. ¿Recuerdan los tumultos que vimos en Atenas cuando el Gobierno griego se vio obligado a introducir medidas de austeridad?
Este guión ya lo conocemos. En enero de 1977 yo estaba en el Banco Mundial en una posición cercana al entonces presidente Robert McNamara. El mundo estaba pasando por un interludio entre los choques provocados por las alzas del petróleo que se dieron en 1973 y 1979. Estos choques se reflejaban en alzas de la canasta básica que en Egipto provocaron tumultos en El Cairo, Alejandría y otras ciudades. Estaba por caer el Gobierno, que en ese entonces presidía Anuar Sadat, que era visto por el Occidente como un elemento estabilizador en el Medio Oriente por su apertura a firmar un acuerdo de paz con el Estado judío.
En medio de esta crisis, recuerdo que McNamara recibió una llamada urgente de Henry Kissinger, el entonces secretario de Estado norteamericano. El mensaje de Kissinger era contundente. El trasfondo del malestar en Egipto era una crisis económica. Esta crisis había puesto en peligro a un gobierno estratégicamente importante para los Estados Unidos. Por ende no sólo se tenían que rescindir algunas medidas de austeridad que estaban apoyando las instituciones Bretón Woods (el Fondo Monetario y el Banco Mundial) sino que las IFI (instituciones financieras internacionales) tenían que aportar un financiamiento adicional a Egipto para permitir la reintroducción de algunos subsidios —sobre el pan, por ejemplo— para rescatar al régimen.
Dicho y hecho. Las medidas de austeridad se cancelaron, con la anuencia de las instituciones Bretón Woods y los Estados Unidos, Europa Occidental y las IFI abrieron sus bolsillos para subsidiar Egipto y salvar a Sadat.
Un par de años más tarde, Egipto e Israel firmaron un tratado de paz y Egipto se convirtió en uno de los dos más importantes recipientes de ayuda de los Estados Unidos; el otro es Israel. Anuar Sadat y Menájem Beguin, primer ministro de Israel, ganaron el Premio Nobel de la Paz en 1978 y el 6 de enero de 1981 Sadat fue asesinado por islámicos fundamentalistas que resentían su acercamiento a Israel. Uno de los heridos en el atentado contra Sadat fue su vicepresidente, Hosni Mubarak. Éste es el mismo señor que está cumpliendo treinta años como presidente de Egipto y que está enfrentando la crisis que agobia a Egipto ahora.
La situación actual despierta muchas preguntas. Las tres más importantes son ¿sobrevivirá Mubarak hasta septiembre y habrá una transición a otro gobierno “estable” o se quedarán con Egipto radicales islámicos? Y ¿la chispa revolucionaría se extenderá al premio mayor del Medio Oriente, Arabia Saudita, con su gigantescas reservas y producción de petróleo? Finalmente, durante estas crisis ¿cuál será el comportamiento del precio del oro negro y su impacto en la todavía incipiente recuperación mundial, incluyendo la nuestra?
El autor es un diputado PLC y presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores.
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