Si Daniel Ortega llega a creer que tiene asegurado el triunfo en las próximas elecciones, habrá observación electoral. De lo contrario no. Ortega no se permitirá el lujo de arriesgar su poder en comicios que le puedan ser adversos. Y tiene suficiente fuerza política para lograrlo. Alegando que la observación extranjera es injerencia y que la nacional no es imparcial, impedirá ambas y solo permitirá los inocuos “acompañamientos”. Sin embargo, si en sus propios sondeos de opinión Ortega llega al convencimiento de que ganarán con suficiente margen, entonces el Consejo Supremo Electoral, posiblemente en abril, aceptará la observación como un gesto de apertura.
Ganar con observación es lo que más le conviene a Ortega. Y él lo sabe. Lograrlo legitimaría, al menos parcialmente, una candidatura ilegítima, violatoria de la Constitución, que los magistrados sandinistas de la Corte Suprema de Justicia trataron de justificar con una sentencia absurda e igualmente ilegal —no hubo quórum ni convocatoria—. Ganar limpia y transparentemente también lavaría parcialmente las manchas que dejó en su prestigio el fraude de las elecciones municipales del 2008. Lo contrario le sería sumamente dañino.
Si Ortega gana sin observación, obtendrá un triunfo oscurecido por las sospechas, aún en el supuesto que le favoreciera la mayoría de los votos. La prohibición de la observación internacional causa, con plena justicia, una presunción ipso facto de fraude o intención de fraude electoral. Sólo se oponen a ella quienes temen la presencia de testigos independientes. Como lo expresa el dicho popular, “quien no las debe no las teme”. El pretexto del injerencismo se derrumba cuando consideramos que en 1990 el FSLN permitió una amplísima observación. Millares de observadores internacionales y vehículos de la CIAV-OEA se personaron en Nicaragua sin que el sandinismo lo considerara una afrenta a la soberanía —en parte porque estaban convencidos de su victoria—.
Si además de lo anterior se acumulan denuncias creíbles de fraude, el costo político internacional será significativamente mayor que el que se pagó en las elecciones municipales. Por dos razones: las elecciones presidenciales son más importantes y ahora los republicanos, que son menos propensos que los demócratas a tolerar abusos de la izquierda, tienen mayor peso en el congreso de los Estados Unidos. La Unión Europea, por su parte, que ha insistido mucho en la necesidad de observación, sentiría una bofetada en la cara si ésta no es permitida.
Ganar con observación es pues el escenario más deseable para Ortega; sería la forma elegante de cerrarle la boca a sus adversarios y arrancar con buen pie su nuevo período. Para lograrlo tiene importantes aliados: uno es la candidatura del ex presidente Arnoldo Alemán, pieza clave para dividir a la oposición y sobre el que Ortega tiene un gran poder a través del expediente de reabrirle varios juicios en un sistema judicial que él controla. El otro es el dinero de Chávez. Éste le permite hacer regalías a los pobres, otorgar bonos solidarios a los empleados públicos y financiar una formidable campaña electoral.
Pero Ortega no las tiene todas consigo aún en la hipótesis, por hoy la más probable, que compitan con él a tres bandas su aliado Alemán y el opositor liberal Fabio Gadea. Aunque en las encuestas la intención de voto para Ortega es alrededor del 40 por ciento, para Gadea 17 y Alemán 7, el voto oculto es el 36. Este último segmento es decisivo. Tradicionalmente el voto oculto en Nicaragua ha sido antisandinista. Los sandinistas no ocultan su voto. Quien lo hace es quien teme al gobierno. La gran pregunta es cuántos de ese voto se abstendrán y cómo se distribuirán entre Gadea y Alemán. Los nicaragüenses disimulan mucho sus descontentos. La inflación de alimentos es alta al igual que el desempleo. Hacen fila sin vacilar para recibir regalías, pero eso no les compra necesariamente el voto como ocurrió en 1990. El rechazo a Alemán (el voto duro negativo) es alto, aunque Ortega se asegurará que no le falten recursos a su campaña a fin de restarle votos a Gadea, que es su verdadero opositor.
El escenario que teme Ortega es el producido por un Gadea capaz de llevar a las urnas dos o más tercios del voto oculto. Eso lo llevaría al vecindario del 40 por ciento (17+24=41) y obligaría a una segunda vuelta —en que sería seguro ganador.
El partido gobernante no repetirá el error de 1990. Esta vez sondeará profesionalmente el sentir popular. Si anuncia observación es que le es muy favorable. Si la impiden es que le temen, y que por tanto prepararán un robo sin testigos.
El autor es sociólogo y fue ministro de Educación 1990-1998.
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