Mario Alfaro Alvarado

La falsa oposición y la verdadera

Democracia, Estado de Derecho, Constitución, elecciones libres, representatividad… Todos son vocablos carentes de significados en una República irreal construida por la mentira, el engaño, el soborno, la deslealtad, la simulación… de la clase dominante que monopoliza el escenario político nacional. Ésta no es la República por la que luchó y sacrificó su vida el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el Mártir de las Libertades Públicas. A la par de esta República virtual, está el Estado-botín como única realidad de la vida ciudadana de Nicaragua.

Desde la revolución liberal de 1893, hace 117 años, la clase política inescrupulosa ha consolidado un sistema de gobierno sustentado en un axioma muy sencillo: “Lo que es de todos no es de nadie; por tanto, se puede tomar sin ninguna responsabilidad”. Ésta es la génesis del Estado prebendario de explotación y de estancamiento económico y político de Nicaragua.

Una falsa oposición electorera agita las aguas y despierta mezquinos sueños de fáciles ganancias en la administración pública. El objetivo final de esta falsa oposición es recrear con los auspicios del pacto Alemán-Ortega una nueva dictadura modelada en el somocismo.

Esos partiditos que se agotan en sus propias siglas son la comparsa del pacto Alemán-Ortega. Sugestionados por megasalarios de 100 mil córdobas mensuales (equivalente a un millón doscientos mil córdobas al año), han convertido al ilegal Consejo Supremo Electoral en órgano legal de unas elecciones que ya están robadas de antemano. Todo lo tienen en las computadoras, la observación nacional y extranjera no descubrirá nada, solo podrá desconocer los resultados y para entonces toda protesta, toda denuncia, no anulará esos resultados.

Al socaire de unas elecciones controladas y ganadas de antemano por el pacto Alemán-Ortega, los participantes minúsculos que juntos no llegan a un 2 por ciento de la fuerza votante, han armado una rebatiña por las curules de la Asamblea Nacional y los cargos bien dotados de megasalarios. El partido de Alemán y su grupo de obsecuentes seguidores no se alza más del 7 por ciento. Si toda esa flora de muérdagos deletéreos enfrentaran juntos a Ortega, seguro que le regalarían el nuevo período presidencial que anda buscando. En tal caso la falsa oposición pactista alcanzaría su objetivo: reinstalar al somocismo.

Al otro lado de la acera está la verdadera oposición. El 50 por ciento de la fuerza votante, formada por los jóvenes que no creen en los partidos políticos ni en sus dirigentes, los desplazados sin indemnización ni pago de los empleos que tenían, los estafados por el Seguro Social después de trabajar toda la vida y pagar sus cuotas de asegurados, los que buscan y no encuentran trabajo, los que pasan hambre y privaciones en el campo y en las ciudades en busca del sustento diario… todos ellos engrosan las filas de la oposición verdadera.

A esta oposición verdadera, nacida de las entrañas de la población trabajadora y explotada, tantas veces engañada por los políticos, no la pueden engañar de nuevo. La necesidad de votar unida nace de la esperanza que les queda para mejorar sus vidas por medio de un trabajo que el Gobierno no está en capacidad de darles y que demandan una reorganización del Estado sobre bases de justicia y legalidad que ofrezca oportunidades para todos y mejorar su triste condición de gente relegada.

Esta oposición es verdadera porque está bien cimentada en la confianza. La confianza en la rectitud y honestidad de Fabio Gadea Mantilla de que no negociará con políticos desprestigiados. Bastaría tan solo reunirse con Alemán y verse con él “cara a cara, ojo a ojo” como quiere este caudillo, para que la gente crea que el líder popular negocia con el pacto Alemán-Ortega. Los diputados deben ser elegidos por el pueblo y no nombrados “de dedo”, como ha sido siempre. Porque aquí comienza el cambio hacia la democracia y la honestidad administrativa, nervio y razón de ser de la verdadera oposición.

El autor es periodista.

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