Parece mentira que a pesar de todas las desgracias que ha sufrido el pueblo de Nicaragua, por culpa de la reelección y del continuismo gubernamental, todavía haya nicaragüenses que sustenten el antivalor del reeleccionismo y apoyen a individuos que pretenden reelegirse y perpetuarse en el poder.
Es bien conocida la historia de la dictadura dinástica somocista, que se mantuvo en el poder durante cuatro décadas mediante reelecciones presidenciales y farsas electorales. Hasta que la obstinación del general Anastasio Somoza Debayle en seguir detentando el poder, provocó una sangrienta insurrección popular y una revolución que a la postre condujo a la imposición de otra dictadura.
Pero aún en las filas del somocismo hubo personas que reconocían que la reelección era —como lo sigue siendo— una perversión política causante de grandes desgracias nacionales. En el seno de la misma familia Somoza, algunos de sus miembros comprendían que el país no podía seguir por el camino malévolo de la reelección presidencial, las farsas electorales y el continuismo en el poder al precio que fuese.
Al respecto, un amigo de LA PRENSA sacó de sus archivos personales y nos la entregó para que le diéramos el mejor uso posible, la fotocopia de un artículo sobre Nicaragua publicado el 28 de septiembre de 1959 en el semanario mexicano Tiempo, una prestigiosa revista de circulación internacional que existió desde 1942 hasta 1998 y era una referencia respetable y confiable de información y opinión política para toda América Latina.
El artículo se refería a que el 14 de agosto de ese año, el entonces Presidente de Nicaragua Luis Somoza Debayle envió al Congreso Nacional un mensaje solicitando la rápida aprobación de una reforma al artículo 186 de la Constitución, para prohibir de manera absoluta la reelección presidencial y la elección de parientes cercanos del presidente en ejercicio.
Aseguró el presidente Luis Somoza en aquel mensaje, que él no ejercería la presidencia un día más del período señalado constitucionalmente. Y aclaró que no hacía eso “como un renunciamiento que me conceda mérito, sino como una aportación al prestigio democrático que deseo alcance nuestra patria, de acuerdo con la realidad de la vida nicaragüense”.
Apenas dos meses antes habían ocurrido los alzamientos armados de Olama y Mollejones, encabezado por el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, y de El Chaparral, del cual Carlos Fonseca Amador era uno de sus líderes. El país vivía en incertidumbre política desde el asesinato del dictador Anastasio Somoza García en 1956, y nadie creía que pudiera haber elecciones libres y limpias ni que los Somoza estuvieran dispuestos a entregar el poder. De manera en la oposición no se creyó en las palabras ni en la reforma constitucional de Luis Somoza Debayle. Más bien fueron consideradas como una estratagema para calmar los ánimos políticos, y posteriormente, como había hecho antes el dictador Somoza García, con otra reforma constitucional o constituyente se restablecería la reelección y se aseguraría la continuidad del somocismo en el poder.
Sin embargo, los miembros de una facción del Partido Liberal somocista, encabezados por el doctor Ramiro Sacasa Guerrero, siempre aseguraron que Luis Somoza Debayle era sincero y realmente quería impulsar la transición democrática en el país, pero que el poder militar y la ambición de su hermano Tacho había impedido realizarla. Ellos, los sacasistas, se convirtieron en disidentes del somocismo cuando se impuso la candidatura presidencial del general Anastasio Somoza Debayle para la elección del 5 de febrero de 1967. Entonces formaron el Movimiento Liberal Constitucionalista que derivó en el Partido Liberal Constitucionalista (PLC), y es justo recordar que aquellos disidentes del somocismo se convirtieron en genuinos opositores demócratas y eran personas muy distintas a quienes detentan ahora el poder en el PLC.
De todas maneras, con el régimen de Anastasio Somoza Debayle Nicaragua siguió por la ruta nefasta del caudillismo y la reelección. Un camino sangriento que comenzó cuando el presidente conservador Roberto Sacasa, impuso su reelección en 1891, a pesar que estaba prohibida por la Constitución. Lo siguió el liberal José Santos Zelaya y continuaron después los generales también liberales, Somoza García y Somoza Debayle. Y ahora, la estafeta perversa de la reelección la ha tomado en sus manos Daniel Ortega para conducir al país otra vez hacia el abismo.
Ver en la versión impresa las páginas: 8 A
