Por Tammy Zoad Mendoza.- La terminal de buses puede parecer un colorido caos. El sonido de los motores, el tono grave de los pitos y la gente que a gritos oferta los productos que rebasan sus canastos. Estoy lista (o al menos eso creía). Saludo al hombre que está detrás del bus. Negro, fornido y de rasgos indígenas. Mal encarado, pero hablantín luego del saludo. Mientras esperamos que el bus empiece a llenarse, me platica de su trabajo.
“Se gana más en los expresos, ahí te dan de 20 a 25 pesos por carga, en los ruteados va de 8 pesos a 10, otra cosa que te ayuda es cuando tus clientes te dan”, cuenta Léster Martínez, un cargador del mercado de Masaya. Él, mi compañero de trabajo por hoy.
Me despido de él y le agradezco la rápida lección que me ha dado. Avanzo hacia un grupo de gente esperando la salida del otro bus. Una señora de unos sesenta años está recostada en un tramo. La moña ata su pelo cenizo y un aro de plástico amarillo remata el peinado. Su delantal, una canasta que lleva al hombro y un canasto que tiene sobre la mesa la convierten en mi potencial primer clienta.
Le pregunto si viaja a Managua y si desea que cargue sus canastos en el bus. Me mira extrañada, me observa de pies a cabeza. Tenis, jeans rotos y una camiseta. Se ríe y le sonrío. La entiendo. Mi apariencia, algo parecida a Olivia de Popeye el marino, aún con mi toque nica choca con la de un fortachón cargador.
¿Por qué habría de entregarle sus canastos llenos de frutas a una joven de brazos flacos? No sé, quizá sólo quería ayudar… o reír un poco más.
“Pi, pi, pi”. La alarma del bus en retroceso indica que debo apresurarme. Mi trabajo comienza.
“Echame estos dos en el canastero de abajo, aprovechá”, me dice doña Carmen. Lo subo a mi cabeza y la primera parte parece sencilla.
Cargo uno por uno el par de canastos medianos hasta el compartimiento.
Junto al bus, el carretón lleno de canastos y sacos de todos los tamaños es descargado por un par de hombres. Canastos que ni mis largos brazos podrían abrazar y mucho menos mi cuello sostener, en caso de que quisieran ponerlo en mi cabeza.
Reacciono y escalo rápidamente la delgada escalera negra que me lleva hasta el canastero del bus. Ahí otro hombre fortachón me sonríe y colabora. Sube un joven con un canasto en la cabeza, tan grande y pesado que apenas alcanza a ponerlo en el borde una parrilla.
“Jálelo”, me dice el hombre , “dale, lo jalás y lo levantás para pasarlo a este lado… ahí vas de viaje, sólo lo arrastrás hasta el fondo”.
No, no estaba lista. Tomé el canasto del borde y lo jalé. Lo alcé con ambas manos para que un extremo pudiera subir el par de tubos que sirve de contención en el canastero. Mientras lo subía noté cómo el canasto se balanceaba de un lado a otro. Jalé con más fuerza aún para evitar que los aguacates cayeran y logré poner el canasto a salvo. Ambos estábamos a salvo. De haber caído el canasto, más de 100 aguacates verdes hubieran terminado reventados en el piso… y yo junto con ellos. Pero no hay tiempo para meditar posibilidades.
El joven está de nuevo con otro canasto en la cabeza en la cima de la escalera. Mientras yo apenas termino de arrastrar el canasto de aguacates, el otro cargador ha acomodado ya dos.
Abajo, el conductor del bus, cobradores, ayudantes, vendedoras y otros cargadores se juntan a un costado del bus para verme trabajar. Supongo que ésta puede ser para ellos una buena forma de romper la rutina y reír.
“Ahí déjemelos”, le digo a mi compañero haciéndome la fuerte, la verdad así me sentía. Jalar, cargar y arrastrar. Acomodé más de cinco canastos y un par de sacos mientras abajo la gente no paraba de reír y murmurar. Listo, ya podemos partir.
Salimos a las 7:20 del mercado en el expreso Cuadra Masaya-Managua. Luego de “jugarme el físico” en la canastera del bus, sentí un cosquilleo que me recorría desde los pies hasta las caderas. Sentí un raro palpitar en las manos que además estaban enrojecidas. Las empuñé un par de veces para ver si la sensación cesaba, pero continuó el resto del camino.
Doña Rosa se queda en la parada del Centro Comercial Managua. Me bajo y descargo sus canastos. El trabajo aún no termina.
Al llegar a la terminal de buses del mercado Roberto Huembes busco a los demás cargadores para seguirlos, pero ya estaban arriba del bus o esperando canastos en la escalera.
No llevaba faja en el abdomen, y aunque me escapo de una hernia testicular, bien puedo desarrollar otras dolencias. Tampoco usé la rosquillita de tela que usan como amortiguador y sostén del canasto. Dos errores que por inexperta terminé lamentando.
Al principio no más que la agitación, la adrenalina, la risa y el asombro de la gente y la presión de las doñitas que gritaban atrás de mí “¡cuidado me botás el canastooo!”.
Pero mientras cargaba el último canasto repleto de tomates, las piernas me temblaban, creo haber oído que crujía mi cuello y sentía en la cabeza palpitar un corazón. Presioné los labios y respiré profundo. Caminé tan rápido como me permitían mis piernitas.
“Dónde se lo pongo, dónde se lo pongo”, preguntaba con la voz agitada y la señora continuaba gritando por sus tomates. “Más adelante, más adelante”, decía ella. Media cuadra eterna y pesada hasta que alguien me ayudó a bajar el canasto de mi cabeza. Y pude exhalar de alivio.
Periodista

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