En su estudio sobre el pensamiento político nicaragüense, Andrés Pérez Baltodano encuentra la clave de nuestros fracasos en lo que llama “pragmatismo resignado”, supuesta derivación de la ideología providencialista católica conservadora. En realidad el adjetivo sale sobrando, pues todo pragmatismo es, en el fondo, resignado y no pretende cambiar las cosas sino acomodarse a ellas y sacar las mayores ventajas de la situación dada. Para el pragmático la eficacia práctica es el criterio fundamental de verdad, lo verdadero solamente aquello que apreciamos como ventajoso. Resultado de la crisis de la razón ilustrada, es una guía del éxito en el desierto nihilista dejado por las llamadas ideologías de la sospecha.
Originado en los países anglosajones por Pierce, James y Dewey, y actualizado por Rorty, el pragmatismo es el resultado de la política liberal; una alabanza del statu quo, libre y desarrollado, alcanzado por dichas sociedades. En nuestras latitudes, en cambio, no ha sido tanto un producto del llamado “providencialismo” como una consecuencia de nuestra incultura política, en la que han predominado los intereses y las pasiones y donde la razón y los principios éticos apenas han tenido cabida. Ha sido, en el mejor de los casos, una derivación del positivismo decimonónico, importado por los fundadores de nuestras repúblicas. Ha suplido la carencia de filosofías políticas y, como ideología utilitaria, ha venido como anillo al dedo a las tiranías y a quienes, con su espíritu de servidumbre, han contribuido a sostenerlas.
Al momento de las grandes decisiones el pensamiento pragmático siempre ha predominado, como garantía del éxito, en nuestras élites políticas y económicas, bienpensantes y educadas. Se impuso con lujo de cinismo en las elecciones de 1996, favoreciendo a Arnoldo Alemán, no obstante sus conocidas y viciadas credenciales y pese a la extensa lista de excelentes contendores. Profundizó la división del voto liberal, en las elecciones de 2006, haciendo prevalecer sobre la valoración cualitativa y de fondo el cálculo de probabilidades, apostando por una de las facciones. En suma, la denominada política del “pacto”, que ha determinado la vida nacional de los últimos trece años, es un ejemplo claro de este pragmatismo obsceno, cuya lógica tiene como finalidad exclusiva satisfacer las ansias de poder de los caudillos y sacar las máximas ventajas de su mutuo acomodamiento.
Actual expresión de este pragmatismo corrupto y perverso es la de aquellas personas que se dicen demócratas y expresan estar felices haciendo negocios con el orteguismo, a la vez que se horrorizan por las posibilidades de un cambio de gobierno que implique el regreso de las asonadas, con un Ortega gobernando nuevamente desde abajo y con un poder económico que, esta vez, supera con creces al de las familias tradicionales más acaudaladas.
El mensaje del poder, constante, subliminal, a veces directo, es similar al del gángster o el matón de barrio, que exige la entrega de la cartera por las buenas o por las malas. Ante la aparente falta de alternativas y frente a unos resultados electorales ya prefijados, supuestamente inamovibles, nuestro pragmático opta por la parálisis, no gastar energías en balde, abstenerse y quedarse en casa. La otra opción, una costumbre entre los grandes empresarios, es asegurarse quedar bien con todos, apostando a dos o tres caballos ganadores.
Manual para obtener aplausos y resultados en la bancarrota de ideas y de valores, prontuario de la razón cínica, el pragmatismo es un pensamiento eternamente táctico, que actúa sobre la base no de razones y principios sino del probabilismo, el tanteo y la apuesta. Su lógica es tan poderosa que penetra las filas de los más honestos y bienintencionados, llevando a algunos a pensar como lícito, en busca del triunfo electoral, firmar pactos con el diablo, con lo que cualquier victoria se convertiría en pírrica.
Si la crisis nacional es fundamentalmente una crisis ética y moral, de valores, ideas e ideales, para salir del fango y la mediocridad en que nos encontramos, debemos abandonar esta lógica efectista, de arreglos, marrullas y componendas, tanteos, parches y chapucerías, de ventajas pasajeras e inmediatas. Frente a una ética globalizada del postdeber y la satisfacción, propia de sociedades consumistas y que no se corresponde con un país atrasado e improductivo como el nuestro, debemos retomar muchos de los valores permanentes de la vieja ética del deber y el sacrificio. Sobre todo, debemos recobrar las ideas con grandes dosis de realismo, imaginación y sentido crítico.
Y no por último menos importante, con las ideas recobrar también los ideales, redescubrir las raíces del principio esperanza y alimentarlas con el agua purificada de los sueños. “Dormir con los ojos abiertos soñar con las manos soñar en voz alta” -como decía Octavio Paz en sus versos de El cántaro roto: “cantar hasta que el canto eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros, cantar hasta que el sueño engendre y brote del costado del dormido la espiga roja de la resurrección”.
El objetivo de estas reformas no es liberar la “mano invisible” del mercado, sino afianzar el puño cerrado de los Castro. No hay que ser economista para apreciar que rellenar encendedores desechables, por ejemplo, no va a contribuir en ninguna medida al desarrollo económico.
El autor es jurista y catedrático universitario
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