“¿Meterme en política?… ¿Yo?… ¿Para qué?”… “¡Que se metan los chanchos!” Éstas y otras expresiones similares son fáciles de escuchar en muchos rincones del país, aunque algunas veces se profieran con menor crudeza, como cuando se dice “yo mejor me dedico a mi trabajo y mi familia”. En todas sus variedades y estilos tales frases son testigos del menosprecio que un gran segmento de la población nicaragüense siente hacia la acción política.
La culpa, en parte, la tienen los políticos que la han desnaturalizado. En su sentido original, aristotélico, la política tiene como fin gobernar, o dirigir la acción del estado, a fin de procurar el bien común. Cuando en lugar de este ideal se practica con el fin de obtener beneficios personales o de grupo, es natural que parte del público la deteste. Desdén que suele expresarse con aires de superioridad moral —“Yo (nosotros) los limpios, no nos metemos en esas cochinadas”, —o intelectual— “que se metan los babosos”, —o espiritual— “el reino de Dios no es de este mundo”. Por las razones que sean, el “yo no me meto en política” suele decirse con un dejo de aplomo y orgullo.
Triste para Nicaragua y alegre para los que se banquetean desde la mesa del poder. Pues nada tranquiliza más el sueño de los déspotas y sus comensales que un pueblo desinteresado en incidir en el manejo de la república. Cuando los portadores de buenas ideas y virtudes confinan sus inquietudes a las paredes de su hogar, dejan el campo abierto a quienes buscan la política para su bien personal. Burke resumió el problema en su conocida y magistral frase: “Lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada”.
Los buenos no discrepan de Burke; quieren hacer algo. El problema es que muchos de ellos creen que para lograr la prosperidad y bienestar de la “polis” (ciudad), basta con que ellos actúen bien dentro de los círculos más inmediatos de su vida: familia, trabajo o empresa. Hacerlo es evidentemente indispensable. Ninguna sociedad podría ser buena si no tuviese en su seno buenos padres y cónyuges, buenos trabajadores y patronos. El error es confundir lo indispensable con lo suficiente.
Para construir la sociedad global en que puedan convivir y prosperar en paz familias y empresas es también necesario que los hombres y mujeres buenos se involucren en los asuntos relacionados con su gobierno. El desentenderse de la política, en sentido amplio, para dedicarse exclusivamente al apreciable mundo de lo inmediato (hogar, vecinos, trabajo o empresa) pone eventualmente en riesgo a ese mundo que tanto se estima. Porque unos y otros están íntima e irreductiblemente implicados.
Las familias, al igual que los individuos y el trabajo, no operan en un vacío, sino en una sociedad mayor que las condiciona. Un gobierno que permita la anarquía, que ahuyente la inversión o tiranice al pueblo, afecta profundamente la calidad de la vida personal de sus ciudadanos. La mayor pobreza de Nicaragua, relativa a la prosperidad de Costa Rica, tiene su origen en factores ligados al orden político. Ellos han tenido mejores gobiernos. Y con ello se han ahorrado la terrible cuota de revoluciones y dictaduras que han destrozado tanto a nuestro pueblo.
Las democracias sólo han prevalecido sobre las dictaduras en aquellos lugares donde un grupo suficientemente convencido, de luchadores por la libertad y los derechos humanos, ha pagado el precio de movilizarse y sufrir por sus principios. Los buenos gobiernos no son producto del azar. Detrás de todos ellos siempre está una ciudadanía capaz de promover y defender a los mejores y de sudar en defensa de sus convicciones; pueblos capaces de exigir sus derechos y denunciar las injusticias.
Evidentemente no todos están llamados a participar en política de la misma manera. Habrá quienes asuman roles más activos o de liderazgo. Habrá quienes les apoyen y defiendan. Pero de una u otra forma, y en función de sus respectivas capacidades, todos los ciudadanos tienen un llamado irrenunciable a interesarse en sus asuntos colectivos y a procurar el bienestar de todos. Exigencia que brota de la caridad o del amor a la polis, o la ciudad, y que a su vez es una dimensión del cuarto mandamiento, amar a padre y madre, el cual incluye a la madre patria, a quien también debemos una lealtad y un cariño filial.
Si nada hace dormir mejor a los déspotas que la apoliticidad de las masas es nuestra obligación moral, como buenos hijos de la patria, tratar de quitarles el sueño.
El autor es sociólogo y fue ministro de Educación 1990-98.
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