Por Israel Kontorovsky Artola
Todos reconocemos que el triunfo de la democracia en nuestro país pasa por la condición necesaria e indispensable de la amplia unión de las fuerzas que la componen, pero cuando leemos o escuchamos los planteamientos para realizar esa unión, parecen contradictorios y a veces hasta incoherentes, porque el ardiente discurso de la defensa de la República y de la ética, esconde en no pocas ocasiones, estrechez y más frecuentemente intereses personales y/o de grupos.
Pienso que más bien habría que construir una política unionista renovadora que genere en primer lugar esperanza de triunfo y confianza entre nosotros mismos. Con humildad deberíamos iniciar un diálogo abierto sin exclusiones de grupos y de personas, y observar todos los caminos para encontrarnos en ese espacio, sin dejarnos llevar por la histeria colectiva ni mediática.
Si revisamos la historia reciente aprenderemos que con la unión se gana y con la división del voto democrático, se pierde, así de simple. Debemos pues, dejar y de rumiar resentimientos y suspicacias y desarrollar verdaderos esfuerzos de unidad porque lo más importante es Nicaragua, el fortalecimiento de las instituciones, y eso solo se puede lograr desde el poder.
Debemos estar claro que la unión es la orientación estratégica y táctica del momento actual y del futuro; ya sabemos que no es fácil, ha habido antes intentos fallidos, pero creo, que si apartamos los desbordes emocionales que únicamente ponen al desnudo nuestro raquítico nivel político, podríamos lograrlo.
Si reconocemos que una falta de unidad efectiva únicamente serviría para facilitar el triunfo al presidente Ortega, entonces debemos de abrir la puerta de la unidad a todos los que tengan coincidencia de objetivos políticos, y aunque, como dijo Einstein, “sea más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”; es imperativo dejar de voltear hacia un rencor personal o circunstancia específica y concentrar nuestros esfuerzo en el logro del triunfo.
Si continuamos atrapados en el esquema de la desconfianza, del resquemor y de la descalificación, lo pagaremos, como ya se ha visto tantas veces, pero principalmente lo pagará Nicaragua, que verá postergada la oportunidad de revitalizar sus instituciones, y seremos culpables por no haber tenido el valor de enfrentar nuestros propios complejos y temores.
Es necesario abocarse al diálogo con todos los que estén dispuestos a él y sobre todo con figuras que representen sectores importantes. Olvidar infundios y con patriotismo y mente y corazón abiertos, limar asperezas y conformar una alianza que verdaderamente garantiza el triunfo y el arrumbamiento a la solidificación de nuestras instituciones nacionales.
Nuestra responsabilidad política es ser consecuente con la unidad, por la que hay que ampliarla en todos los sectores y en todos los sentidos, sin exclusión alguna, porque es la unidad de las fuerzas democráticas, y la exclusión contradice la democracia, y si lo que buscamos es el consenso, recordemos que sin participación no hay consenso.
Debemos cercar el mar sin orillas que inunda nuestro mundo político y lo convierte en el patrimonio del oportunismo, la demagogia, y el lugar común; para desechar los espejismos, y encontrar que son más las virtudes que nos acercan que los defectos que nos alejan y no desaprovechar la oportunidad de actuar como nuestra Patria se merece.
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