El miércoles de esta semana comenzó la celebración de las jornadas culturales darianas, las cuales se realizan todos los años, en estas fechas, para conmemorar los aniversarios del nacimiento y la muerte de Rubén Darío, acaecidos el 18 de enero de 1867, el primero, y el 6 de febrero de 1916, el segundo.
El culto a Darío impregna a todos los nicaragüenses. Por supuesto que hay detractores de Rubén Darío, de su persona y su obra literaria, y están en su derecho de ser eso. Pero estos representan una ínfima minoría, son una excepción que en todo caso confirma la regla de que, en términos generales, todos los nicaragüenses somos darianos.
En realidad, igual que la defensa de la soberanía nacional de Nicaragua sobre el río San Juan —que en estos días ha recobrado actualidad por el conflicto con Costa Rica que se está ventilando en la Corte Internacional de Justicia de La Haya—, el culto dariano es una de las muy pocas cosas que unen a los nicaragüenses, en medio de las muchas que nos dividen y enconan las diferencias que son inevitables, como por ejemplo la rústica y corrupta política partidista y el régimen autoritario y caudillista.
Tristemente, Nicaragua es uno de los pocos países del mundo donde no hay muchos valores compartidos por todos. En cambio, predominan los antivalores que nos dividen y nos enfrentan inclusive de manera irreconciliable, y en ocasiones extremas, nos arrastran a tragedias nacionales. Tales han sido los casos de las dictaduras y los caudillos, los cuales, para tratar de perpetuarse en el poder violan la Constitución, desvirtúan las instituciones y atropellan los sentimientos de la nación. Y por lo consiguiente también son los casos de las insurrecciones, guerras civiles e intervenciones extranjeras, a donde han llevado al país las dictaduras y los caudillos con sus obsesiones mesiánicas.
Dicen los entendidos en la materia que los valores son aquellas ideas colectivas, tradiciones culturales, costumbres y aspiraciones comunes, que por ser positivas y permanentes se priorizan en las relaciones sociales. Los valores pueden ser de carácter nacional, como la defensa de la soberanía nicaragüense sobre el río San Juan; o culturales, como el patrimonio poético, literario y periodístico que Rubén Darío legó a todos los nicaragüenses. También están los valores morales y religiosos, e igualmente los valores políticos, que son aquellos que se refieren a la libertad, la democracia y los principios de derechos humanos, así como la política entendida y practicada en su mejor sentido. Es decir, la política que se ejerce no como un fin en sí mismo, y mucho menos como instrumento para alcanzar el poder, desgobernar el país y enriquecerse a expensas del pueblo y del Estado, sino como un medio para procurar el bien común, para resolver o ayudar a solucionar los problemas de las personas y de la comunidad, para promover un crecimiento económico que sea sostenible y redunde en el progreso de toda la sociedad, no sólo de una clase privilegiada.
La experiencia histórica internacional ha demostrado que la presencia de los valores, como la tolerancia, el respeto al derecho ajeno, la honradez, la ética laboral, la libertad y la democracia, mejora el escenario de la convivencia, hace más provechosa la vida social y forma mejores personas. Mientras que la ausencia de valores hace que la existencia social sea desagradable y hasta tóxica. Esto fue lo que ocurrió en Nicaragua en tiempos de la dictadura somocista y bajo la dictadura sandinista de los años ochenta. Y es lo que, desgraciadamente, ha comenzado a ocurrir de nuevo, pues, como si no hubiéramos aprendido las funestas lecciones de la historia, después de haber conquistado la libertad y la democracia en 1990, ahora, precisamente por la pérdida de valores se le devolvió el poder a Daniel Ortega mediante un nefasto pacto político corrupto y prebendario.
De manera que es oportuno, en el marco de las jornadas darianas de este año 2011 que será crucial para Nicaragua, rememorar a Rubén Darío e impregnarnos de su optimismo libertario expresado en muchos de sus escritos, por ejemplo, en la Introducción a un folleto político que escribió en 1890 y fue incluido por el insigne dariano leonés ya desaparecido, José Jirón Terán, en su compilación Prólogos de Rubén Darío : “Viene ya el día del triunfo de la bendita Causa Nacional. Este triunfo será el del progreso. Será, bajo nuestro cielo, una victoria que resplandecerá como un sol ¡Y Dios lo ha de querer! Pronto veremos surgir llena de gloria y fuerza la gran Patria vencedora en su resurrección, como en una apoteosis”.
Ver en la versión impresa las páginas: 8 A