Al iniciar este 2011, en la celebración del 52 aniversario de la llegada al poder de la Revolución Cubana, las autoridades del país volvieron a repetir que “Estamos llamados a trabajar, ahorrar recursos y producir con eficiencia, a reducir gastos no esenciales y aumentar las exportaciones, a ser disciplinados y cumplir lo que se acuerde a rectificar errores”. Raúl Castro afirmó “O rectificamos o nos hundimos”.
Es verdad. Todo eso es necesario. Cuba ha tocado fondo, su economía no funciona, no producen ni lo que comen, tienen que importar el 80 por ciento de los alimentos que consumen, buena parte de Estados Unidos, y el Gobierno ya no puede garantizar lo que daba en la tarjeta de racionamiento.
El 1 de enero las autoridades retiraron de la tarjeta la pasta de dientes, el jabón y el detergente. Anteriormente habían eliminado las papas, los frijoles, los cigarrillos y la sal. Lo que ha quedado es un poco de arroz, azúcar, aceite, café, fósforos, y algo más, en cantidades que tampoco alcanzan para cubrir el mes.
Es terrible. Cuando un cubano tiene que comprar “por la libre”, algo que no viene en la tarjeta de racionamiento, tiene que pagar un precio muy superior, dos, cinco y hasta veinte veces más alto. Pero los salarios no suben.
Es tal el colapso del sistema cubano que el Gobierno ha anunciado que 500,000 trabajadores del Estado tendrán que salir a la calle a partir de este mismo mes de enero, y que esa cifra llegará a superar el millón de cubanos. Ya no les pueden pagar.
Sin embargo, saldrán a la calle sin la ayuda de un “Plan de Conversión Ocupacional”, como el que ofreció el gobierno de doña Violeta al asumir el Gobierno de Nicaragua en 1990, ni siquiera con la indemnización de un mes por año trabajado. En Cuba tampoco hay programas de financiamiento para el establecimiento de Pymes.
Peor aún, saldrán a la calle con las manos amarradas por decreto, pues las autoridades cubanas han dicho que “se prohíbe la acumulación de capital”. En otras palabras, nadie podrá prosperar. En Cuba es prohibido prosperar.
Según establecen las autoridades allá, el que tiene veinte vacas no puede aspirar a tener cuarenta, pues eso sería “acumulación de capital”. Y la comidería de cinco mesas, no puede llegar a tener diez, pues eso también es “acumulación de capital”.
Ante tal situación, lo menos que se puede decir es que las medidas anunciadas por las autoridades cubanas son ciertamente necesarias pero absolutamente insuficientes. Está bien el ahorro, trabajar y producir con eficiencia, reducir los gastos no esenciales y ser disciplinados. Pero esto no basta.
Los seres humanos nacimos para ser libres, y estamos llamados a vivir en libertad. Nada ni nadie puede impedirnos el trabajar con dedicación para acumular lo necesario para proteger a nuestras familias, para crecer y llegar a construir los sueños que podamos concebir.
Solo en libertad un pequeño ganadero de una pichinga de leche por día puede llegar a producir dos, cuatro, diez y más. Solo en libertad una marchanta con un pequeño tramo puede llegar a ser dueña de una pulpería.
Y solo en libertad podrán existir esas personas que siendo empresarios, productores o profesionales, alcanzan tal éxito que luego construyen grandes empresas generadoras de empleos, donan fuertes cantidades de dinero a instituciones educativas, religiosas o caritativas, y hasta crean fundaciones para ayudar en distintas causas.
Si en Cuba se prohíbe la acumulación de capital, las medidas anunciadas servirán igual como si alguien pedaleara en una bicicleta suspendida de la rama de un árbol. Por más que pedaleen, no lograrán avanzar una pulgada ni saldrán de la crisis.
Cuba necesita abrirse a la libertad empresarial, y dejar que cada cubano haga dinero hasta donde su propia inteligencia y esfuerzo se lo permita, dentro del marco de las leyes. Y debe acompañar esta libertad con leyes que garanticen el pleno respeto a la propiedad privada, tanto para nacionales como para extranjeros, y montar un Poder Judicial independiente, honorable, profesional, que dé confianza al inversionista cubano y al que venga de fuera, porque hay que reconocer que en un comienzo Cuba necesitará de muchísima inversión extranjera para reactivar un aparato productivo que prácticamente murió hace tiempo.
La economía es como una vaca. Si queremos que dé leche, hay que proporcionarle alimentos de calidad y dejarla comer libremente. Cuba quiere que la vaca dé leche pero le amarra la boca y le mantiene cerrada la puerta.
El espíritu emprendedor e inversionista solo se da cuando hay libertad, reglas claras para las empresas, respeto a las leyes establecidas, un Poder Judicial respetuoso de dichas leyes y un gobierno que haga cumplir las sentencias. Cuba tiene que abrir las puertas, no hay otra alternativa.
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